martes, 13 de septiembre de 2011

Para ser un niño héroe se necesita...

Publicado originalmente en Quién Resulte Responsable (Milenio Diario) el martes 13 de septiembre de 2005.

Para Güichi, Güicha, Pato, Pío y Sonia

Cuando iba en quinto grado de primaria, un día que la maestra de mi grupo faltó, de la dirección de la escuela mandaron a otra a que nos diera la clase. Ella revisó el temario y se aventó su versión sobre los Niños Héroes. No sé si ese día la Miss Mary iba de malas, quiso jugarle una broma a la escuela o sembrar en nosotros la semilla de la duda como método de acceso al conocimiento.

El hecho es que —palabras más, palabras menos— nos dijo que aquel 13 de septiembre los chamacos que la Historia inmortalizó por su desinteresada inmolación en nombre de la patria, no subieron a la azotea del Castillo de Chapultepec para defenderlo del enemigo, sino que cuando el enemigo llegó ellos ya estaban ahí echando harto desmadre, alcoholizándose alegremente y dándose eufóricos empujones, por lo que uno de ellos trastabillo, se enredó con la bandera y se fue derechito al vacío.

Al margen de que sus fuentes fueran fidedignas y los hechos relatados, ciertos, siempre he considerado aquélla mi mejor clase de Historia. Ese día aprendí que la diferencia entre un héroe que da la vida por la nación y un borracho que hace un oso que le cuesta la vida, radica en la versión que se divulgue. Si la versión de la Miss Mary se basa en lo acaecido, esos muchachos lo más que esperaban al día siguiente era una cruda y no iniciar una leyenda como mártires de la patria. Ahora, muchos años después de que una maestra suplente reveló ante mis ojos la relatividad de los hechos históricos, pienso que todas nuestras historias de niños tienen algo de heroísmo.

Mis más gratas vivencias de niña son las que compartí con los hijos de Carlos, un buen amigo de mi padre, en cuya casa siempre experimenté situaciones extraordinarias —léase inverosímiles—, que enriquecieron la ya de por sí poco ortodoxa vida que tenía en mi hogar. Ellos tenían por mascota un guajolote que deambulaba por la casa pero tenía prohibido andar por la planta alta. Esto, en realidad, era resultado de la incapacidad del ave para subir por las escaleras, en cuyo descanso había un cartel de la actriz Anel completamente desnuda. Y bueno, el guajolote y la encuerada eran lo de menos, si se toma en cuenta que en la vitrina del comedor había una auténtica cabeza reducida traída del Amazonas.

Con ellos practiqué atípicos juegos, como apretujarnos al calor del medio día en el asiento trasero de un coche y permanecer sudando con los vidrios arriba (sumaba puntos quien usara suéter o chamarra). Pero la gran proeza era no resultar envenenado, intoxicado o por lo menos indigestado, con los infames guisos de su madre, cuyos encantos no estaban en la cocina sino en su closet.

Una tarde, mientras nuestros padres cambiaban al mundo en la sobremesa, Sonia y yo preparamos una especie de performance donde, una con peluca rubia y otra con peluca negra, al ritmo de una rola sesentera llamada Hermano Louis, caminando sobre zapatos de plataforma descendíamos por las escaleras ataviadas con unos corsellettes propiedad de la dueña de las pelucas, con el rostro cubierto por un maquillaje que incluía pestañas Pixie, mostrando nuestras piernas chuecas y unos protuberantes senos fabricados con calcetas sucias.

Y esto no significa que en esa casa no hubiera límites. Como en todos los hogares había reglas y una muy importante era que nadie podía ver televisión. Cabe mencionar que Carlos —padre de familia convencido de que la televisión, como la religión, es el opio de los pueblos—, jamás tuvo en su casa “una caja idiota”, pero era capaz de atravesar la ciudad o salir de ella con toda su progenie a bordo del vocho, para ver un encuentro de futbol en la casa de algún cuate.

Tal vez por la carencia cotidiana de una tele, estos chamacos desarrollaron formas creativas para matar el tiempo, como hacer obras de teatro. La más célebre de nuestras “puestas en escena” fue la historia de La reliquia, en la cual éramos algo así como beduinos, ataviados con las colchas de las camas, y la esencia de la trama era “recuperar la reliquia que había sido robada del santuario”. En la escena final la reliquia era recuperada y vista por el público. Ésta —muestra inequívoca de la influencia estética de las películas de El Santo— era una oreja de hombre lobo, de plástico color rojo, con rebaba en el contorno.

Hace poco más de un año me reencontré con tres de ellos, seres excepcionales con quienes compartí mi niñez. A carcajadas recordamos éstos y otros episodios de nuestra historia común y nos pusimos al tanto de nuestra vida actual: divorcios, hijos, adicciones, tropezones, logros, proyectos, cuestionamientos, expectativas. Mis amigos y yo aún nos parecemos mucho.

Cada uno en diferentes momentos, más de una vez, y ya sin ser unos chiquillos, hemos estado en situaciones asfixiantes que resistimos heroicamente con gorro y bufanda. También hemos buscado y preservado con obsesión un algo (o un alguien) altamente valioso para, al final, descubrirle abruptamente las rebabas.

¿Infancia es destino? Probablemente. Tal vez la enorme fortuna de ser niño radica en ignorar que todas las cosas que hacemos están determinando el futuro, como los Niños Héroes de Chapultepec de la Miss Mary, quienes nunca imaginaron que la última —y probablemente la primera— guarapeta de su vida los haría pasar a la Historia.