sábado 21 de noviembre de 2009

RHYTHM & BOOKS EN LA FIL DE GUADALAJARA

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RHYTHM & BOOKS presenta a sus autores JOSÉ MARÍA ARREOLA, PASCUAL REYES y CARLOS AVILEZ en concierto en el WICKLOW IRISH PUB (Av. Américas 161 casi esquina Av, México, Col. Ladrón de Guevara / RESERVACIONES: 3616 1160) el jueves 3 de diciembre a las 21:00 horas.

El viernes 4 de diciembre a las 12:30 horas R & B presenta los libros: "Una historia como cualquier otra", de Carlos Avilez; "Aire en espera", de José María Arreola; y "Corazón minado. Declaratoria", de Pascual Reyes, en la SALA JUAN JOSÉ ARREOLA de la FIL (Expo Guadalajara).

jueves 5 de noviembre de 2009

RHYTHM & BOOKS EN LA FILIJ 2009

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jueves 30 de julio de 2009

Pascual Reyes y Rhythm&Books en el RUTA 61 el 5 de agosto




Todos los miércoles son noches de jam en el Ruta 61 (Baja California 281, casi esquina Nuevo León, colonia Condesa), y el 5 de agosto estará Pascual Reyes, vocalista de San Pascualito Rey, para leer algunos de sus poemas y hablar sobre su libro Corazón minado, antes de integrarse al concierto improvisado al lado de otros músicos invitados del Ruta 61.

Se proyectará el video Corazón minado, de Raymundo Cebada, sobre el contenido de libro y sus participantes. Posteriormente habrá una lectura y comentarios frente al público, con ronda de preguntas por parte de los asistentes. Participarán: Pascual Reyes, Elena Santibáñez y Verónica Maza Bustamante. La cita es a las 7pm.

Corazón minado. Declaratoria —con un prólogo de Jaime López— es el libro que inaugura el sello editorial Rhthm&Books donde Pascual Reyes ensaya otra forma de decir sus sentires, saberes y haberes, en una serie de textos que se rozan con el canto y la poesía.

Corazón minado. Declaratoria evoca un campo de guerra donde el corazón puede ser destruido por un paso preciso o un beso inesperado y alude al alma fatigada, a la víscera cansada y lastimada por el fragor del combate cotidiano. Los textos están acompañados por ilustraciones del artista plástico Antonio Ledesma Nostragamus, quien con su trabajo de ilustración complementó el discurso poético de Pascual Reyes.

Corazón Minado. Declaratoria (Rhythm&Books) está a la venta en:
• Librería Conejoblanco (Condesa).
• Machado, Arte Espacio (Condesa)
• Librería de la Casa Refugio Citlaltépetl (Condesa)
• Librería de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
• Librería Pegaso de la Casa Lamm (Roma)
• Discoteca (Condesa)
• Videodromo (Condesa)
• La Palabreta (Roma)
• Librería de FCE Rosario Castellanos (Condesa)
• Liberías El péndulo (Polanco, Zona rosa y Condesa)
• Librerías EDUCAL de todo el país.

Rhythm&Books es un proyecto editorial dirigido por Elena Santibáñez, enfocado a publicar el trabajo narrativo, reflexivo y poético de creadores principalmente dedicados a la música, pero que ejercen las letras en formas distintas de la composición de rolas.

El próximo título dentro del proyecto RHYTHM & BOOKS es Una historia como cualquier otra, aún en proceso de edición, cuyo autor es Carlos Avilez —bajista de los grupos Cuca y Nata, y creador de la banda de blues Las horas muertas—, que parte de la sencilla estructura de una historia para niños para narrar un cuento de hadas que, no obstante, ofrece una diversidad de matices que lo convierten en un cuento para todas las edades en el que, a diferencia de las historias fantásticas de antaño, el mensaje no es que los protagonistas fueron felices para siempre.

Otro trabajo —también en proceso de edición— es Aire en espera, novela corta del baterista José María Arreola, quien hace una gran alegoría de la soledad en las grandes ciudades, del vacío existencial que semeja una caja que espera ser abierta, del hacinamiento emocional que descompone las tuberías y cableados de las edificaciones humanas.
México, D.F. / julio de 2009
CONTACTO:
Elena Santibáñez / Directora
044 55 5462 3969 rhythm.books@gmail.com

domingo 12 de abril de 2009

Ofelia / I

Ofelia llegó antes de la hora. Pidió un gintonic y se acomodó en una mesa. Nunca había estado en ese lugar y mientras esperaba tuvo tiempo de observarlo. El sitio le recordó la casa vieja donde vivió de niña, con techos muy altos, paredes muy gruesas y un patio central. La escasa iluminación daba al local un aspecto que a ella le parecía, al igual que su hogar de la infancia, propicio para ambientar historias de fantasmas. Sonrío para sí misma al caer en cuenta que ese bar al que iba por primera vez, se llamaba “El patio de mi casa”.

Cuando acababa de dar el último trago a su ginebra y empezaba a sentir el suave cosquilleo del alcohol en su torrente sanguíneo apareció Regina. Entró con pasos largos y apresurados, y una gran sonrisa en el rostro. Abrazó a Ofelia, le dio un beso en la mejilla y en seguida, aún con la mochila colgándole en el hombro, fue hasta la barra y pidió una cerveza oscura, la cual empezó a beber en cuanto estuvo de nuevo frente a Ofelia y le dijo salud.

—Aaaahhhh… el primer trago de cerveza es tan rico, me pone tan de buenas, que siempre me hace preguntarme, ¿por qué no hice esto a las siete de la mañana? ¡Mi día hubiera sido excelente!

—¿Tuviste un mal día?

—Para nada, pero caminé un chingo y ahorita que vi que ya era tarde y no llegaría a la hora que quedamos me vine casi corriendo, entonces me acaloré cabrón y venía alucinando una chela super fría —hace una pausa para tomar otro trago de cerveza y aclara—, lo de tomar chela a las siete de la mañana es broma… eso nomás lo hacen hombres de la talla del “Púas” Olivares, claro, acompañado de su churro de mota. Yo desayuno lo mismo, nomás le cambié la chela por un café, es que soy adicta, lo confieso.

—¿A la mota?

—No, al café. La mota la fumo desde los 16 años, pero no por adicción sino por puritito gusto. ¿Tú fumas?

—A veces… mentolados light.

—Me refiero a la mota. Al tabaco ya se que no eres muy afecta pero, ¿por qué no pruebas uno de éstos? —aclaró Regina, al tiempo que sacaba de su mochila unos Delicados sin filtro. Tomó uno, lo encendió y se lo dio a Ofelia, quien lo recibió con cierta reticencia y le dio una tímida fumada.

—¿Y qué de la mota? —volvió a preguntarle Regina en tanto prendía uno para ella.

Ofelia respondió en medio de tosidos.

—Ah, no… bueno… la fumé una vez en la prepa…con un chavo que era mi novio… pero me sentí muy mal, hasta vomité. Y la verdad ya nunca la probé otra vez porque desde que dejé de andar con ese chavo no he conocido a nadie que la fume.

—Pues a quí tienes a tu servilleta bordada pa’ cuando se te ofrezca.

—Ja!… gracias, lo tendré presente.

Regina volvió a beber de su cerveza. Entrecerraba los ojos y, al hacerlo, alzaba ligeramente la barbilla echando la cabeza hacia atrás. El calor de su cuerpo emanaba en finas gotas de sudor que abrillantaban su cara y su escote mostraba en forma generosa la humedad que recubría la parte visible de sus senos.

Ofelia la observaba dando pequeños sorbos a su segundo gintonic y se preguntaba qué hacía ahí bebiendo —práctica inusual en ella hasta una semana antes— con una mujer tan diferente a ella pero que, no obstante, le despertaba una gran curiosidad y por la que sentía una gran simpatía. ¿Qué la hacía sentirse identificada con esa mujer con la que parecía no tener nada en común?

No tenía la respuesta pero ahí estaba bebiendo con esa casi desconocida que la hacía sentir una grata sensación de ligereza y que, desde el primer momento, empezó a influir en su vida: bajo el patrocionio de Regina dio la bienvenida en su existencia a la ginebra y, ahora, a los cigarros sin filtro porque, una vez superado el acceso de tos, pudo degustar el excepcional maridaje entre el seco sabor de la ginebra y el golpe contundente del tabaco.

—¿Y cómo vas con tu proyecto? —preguntó Ofelia. Acto seguido se quitó el saco y dejó al descubierto su cuello y sus hombros enmarcados por una ajustada blusa de tirantes de encaje. Sintió una gratificante sensación de libertad y sonrío satisfecha al sentir que había cometido un gran acto de osadía.

—Muy bien —respondió Regina—, este mes he tomado fotos muy buenas, pero hay una en particular que no tiene madre y me tiene muy entusiasmada. Te la voy a enseñar.

Regina sacó de su mochila una caja de papel fotográfico y sacó una impresión que puso sobre la mesa.

—¿Qué te parece?

Ofelia observó largo rato la imagen antes de contestar. Mientras lo hacía, como si en su cabeza se iniciara la proyección de un cortometraje, reconstruía en su memoria una serie de escenas hasta detenerse en la toma fija que observaba en la foto.

—¿Qué te parece? —preguntó de nuevo Regina, al tiempo que volvía de la barra con otra cerveza y un gintonic que puso al lado de Ofelia.

—Es increíble, parece que sonríen, que gozan… ¡casi hablan!

—Lo hacen, por eso me atrajeron desde que los ví, ¡están vivos! Por eso los fotografié y por eso considero ésta la mejor foto de mi proyecto hasta hoy.

—En serio, ¿la mejor?

—Simón.

—Woooow, que foto tan increíble —dijo un muchacho quien, con una cerveza en la mano, también observaba la foto parado detrás de Regina y Ofelia. Ambas voltearon y alzaron la vista para verlo, entonces él acercó su cerveza y dijo salud. Ellas sonrieron y chocaron sus bebidas con la suya.

—Qué buena foto —reiteró el sujeto, a la vez que se presentaba—, me llamo Sebastián, ¿y ustedes?

—Pili y Mili —respondió Regina.

—¿De veras? yo hubiera jurado que eran Pituka y Petaka.

—En realidad somos Beto y Enrique —terció Ofelia y los tres se carcajearon.

Siguieron bromeando, bebiendo, platicando. El centro de su plática fue la foto, la cual no dejaron de observar, comentar, elogiar, mientras las cervezas y los gintonics ayudaban a estrechar sus lazos amistosos. Pasado un rato, Sebastián propuso:

—¿Qué les parece, mis queridas Maritza y Andrea, si vamos a un lugar dónde podamos sentirnos más cómodos?

—¿Qué tan cómodos? —preguntó Regina.

—Totalmente cómodos, relajados y a salvo—respondió él.

—¿A salvo de qué? —preguntó Ofelia.

—De cometer el error de no arribar juntos a la madrugada —dijo Sebastián al tiempo que las abrazaba a ambas.

—Nos estás invitando a tu cama —precisó Regina con una sonrisita provocadora.

—Las estoy invitando a vivir lo que la noche proponga—dijo él y rozó con sus labios entreabiertos y la punta de la lengua, uno de los hombros descubierto de Ofelia y después besó en la boca a Regina.

Ofelia no supo qué hacer o decir y sólo atinó a terminarse de un trago el resto de su ginebra y salir casi corriendo a refugiarse en el baño. Se sentó en el suelo tapándose las orejas y escuchó los latidos de su corazón a mil por hora. Sentía miedo y enojo, pero también una gran excitación y curiosidad. Se quedó ahí hasta que alguien tocó la puerta. Entonces se puso de pie, se miró en el espejo como para confirmar que seguía siendo la Ofelia que conocía, y salió.

Cuando llegó a la mesa Sebastián ya no estaba y la fotografía tampoco. Regina bebía otra cerveza y le había pedido a ella otro gintonic.

—¿Pasó algo, Regina?

—Pasó, que le expliqué a nuestro recién adquirido amigo que la mera verdad es que tú y yo somos las gemelitas de “El Resplandor”, ya un poco crecidas pero igual de diabólicas y que si quería fiesta teníamos que invitar a Jack Nicholson. Entonces ya no le pareció divertido y se fue.

—Ya en serio, ¿qué pasó?

—Pasó, que como ya había entrado en confianza, me dijo que la neta él era el Sr. Spock en misión especial, y yo tuve que decirle que nuestras tetas y demás partes que lo estaban entusiasmando eran un prodigio del latex y en realidad éramos Hombres de Negro, pero que con gusto podríamos pasar la noche con él una vez que nos quitáramos los disfraces. En ese mismo intante se teletransportó y seguro ahorita ya está en otro bar ligando alienígenas.

Regina guardó silencio un momento, sonrió y continuó.

—Pasó, que notamos que saliste despavorida porque ya no te estabas divirtiendo y de lo que se trata es de divertirse. El tipo no es pendejo, vio tu cara de susto, mi cara de sorpresa ante tu susto, sacó un cálculo rapidín de nuestra peda y pensó, “nel, éstas son la guayaba y la tostada dándoselas de mujeres de mundo”, abortamos el proyecto de brincar los tres sobre su cama y mejor hicimos un bisne.

—¿Cómo?

—Me compró la foto.

—¿En serio?

—A güevo.

—¿En cuánto se la vendiste?

—Pagó la cuenta de lo que ya habíamos consumido y dos rondas más —hizo una breve pausa y con un gesto pícaro agregó— y también me dió su teléfono.

Se carcajearon, chocaron las bebidas y dijeron salud.

Esa noche salieron de ahí borrachas, abrazadas, contentas, igual que la semana anterior cuando se conocieron a unas cuantas calles de ahí, por una absoluta casualidad.

miércoles 24 de diciembre de 2008

En defensa de la misantropía

Este texto fue publicado originalmente en la revista "La mosca en la pared" en marzo de 2007

“Me parece que sufre usted de una enfermedad psíquica
y es evidente un trastorno de la personalidad.
Le recomiendo ponerse en manos de un terapéuta psicológico
lo antes posible. Le deseo un buen año nuevo”.

Dr. Federico Arregui / Médica Sur


¿Transtorno de la personalidad? Con ganas de que sonara dominguero yo le habría llamado conducta anómica, pero en buen español se llama misantropía. La nota que sirve de epígrafe a este texto se la dejaron a mi compadre Blumpi en su blog nomás porque escribió (no sin ciertas fantasías genocidas) que ojalá nadie regresara al DF después de las vacaciones de fin de año.

—¿Recuerda la primera vez que tuvo una conducta anti-social? —podría ser una de las preguntas del doctor Arregui para tratar de llegar a lo más hondo del traumatismo emocional, en su intento por sanar la lacerada psique y vencer a nuestro espíritu misántropo que, año tras año se impone sobre el navideño.

—¿Recuerda la última vez que socializó con alguien que le caga la madre o al menos le importa un carajo? —sería una pregunta posible para responderle al susodicho médico y tratar de llegar al fondo de las enfermedades conductuales. Si esta cuestión fuera aplicada a la ciudadanía en una encuesta que respetara el anonimato, sin duda las respuestas serían como éstas: “claro que lo recuerdo fue hoy en la mañana con mi esposa(o); ayer con mi novia(o); en la fiesta de la oficina con mi jefe(a) y mis compañeros(as) de trabajo; en la boda de primo(a); con mi nuera en la cena de Navidad; en la graduación de mi vecino(a)” y así.

Yo, por mi parte, hace muchos años no celebro en mesas con manteles largos las navidades y los fines de año, reuniones que me sacan ronchas como las bodas, los bautizos, las graduaciones, los XV años, los días del padre o la madre y toda clase de vaina del estilo. No socializo con mis semejantes en los ritos colectivos oficiales, tampoco cuelgo foquitos, banderitas o corazoncitos para estar en comunión con la época del año y compartir la festividad con mis congéneres. Lo único que puedo alegar en mi defensa es que trato de no amargarle la fiesta a nadie.

El comentario viene a cuento porque, hace unos días, uno de mis vecinos o vecinas del edificio donde vivo (la casera prefirió no revelar su identidad para evitar un mayor entuerto) se quejó de que mis risas “a deshoras” no lo(a) dejaban dormir. En realidad las risas no sólo son mías sino de mi roommate y mi hija quienes, como yo, tienen la mala costumbre de ser felices de repente.

Cuando recibí la queja, de inmediato me arrepentí de no haber puesto en diciembre, en la puerta de mi depto, la figura del Santa Claus apuñalado que tan feliz me hace, porque pensé era una agresión hacia mis civilizados vecinos; acto seguido traté de imaginar quién se había quejado de “mis escandalosas risas”:

¿Los dueños del perro que ladra hasta cuando duerme, al que callan a gritos y hacen que uno prefiera los ladridos del perro que los del amo?

¿Los sudacas que cantan a todo pulmón (a güevo desafinado) “hasta siempre comandante” aleternándolo con José José y unos buenos churros de mota, cuyo olor no matiza el incienso hindú?

¿La vecina que fornica muy de vez en vez pero que, cuando lo hace, le pone tal enjundia, que la cabecera de la cama se estrella contra su pared como si fuera la mía?

¿Los madrugadores que lo primero que hacen al abrir el ojo, por ahí de las cinco de la mañana, es ponerse los bostonianos y caminar sobre la duela como si estuvieran representando El lago de los cisnes?

¿La pareja que se medio mata a mentadas de madre al menos cada fin de semana?

¿Los padres del niño que corre gritando o chillando por el interminable pasillo de nuestro bello condominio estructuralista?

Es lo de menos.

Yo jamás habría ido a llenar el formulario de quejas de la administración del dificio, para “denunciar” algo de lo arriba mencionado porque, en mi antisocial carácter cabe el respeto a la individualidad y modo de vida del otro. Odio la Navidad, odio la mayoría de las festividades y odio a mis vecinos por ser capaces de celebrar el día de la amistad o el nacimiento de Jesús y no aceptar que alguien pueda platicar o reír cuando “debería” de estar durmiendo.

Me pregunto si el Dr. Arregui consideraría “enfermedad psíquica” o “transtorno de la personalidad” el que una persona no tolere que alguien se ría en las madrugadas. Me pregunto también si a esa persona le resulta intolerable el horario de la risa o la risa en sí. Me pregunto por qué es socialmente bien visto y se considera políticamente correcto el que un gran número de personas lleven a cabo actividades de socialización que, en el fondo, no los hacen sentir felices ni satisfechos, y que unas viejas que se ríen a las tres de la mañana puedan ser lanzadas por ello del edificio donde viven.

Hay plumajes que cruzan el pantano decembrino y no se manchan… La próxima Navidad, viva donde viva, colgaré en la puerta la imagen de Santa Claus apuñalado y esperaré pacientemente a que me corran.

lunes 8 de diciembre de 2008

HAY COSAS INTOLERABLES

No le molestó que le dijera "vino barato" a lo que le ofreció de tomar. Tampoco el hecho de que mientras despotricaba acerca de esa "bebida abominable" fuera dando cuenta de ella hasta vaciar el contenido de la botella.

No le afectó que en repetidas ocasiones le echara en cara su mal gusto y señalara como ejemplo los muebles de cedro que heredó de su abuela o la blusa de lino que traía puesta.



No le enojó que en su ebria torpeza, sobre su albo mantel de algodón, derramara parte de la segunda botella del mismo vino del que siguió quejándose.

No se ofendió porque él no probó la cena.

—Es fusilli, le puse hongos como te gusta —le dijo, pero él retiró el plato con un gesto de asco y volvió a llenar su copa.



No tuvo ningún pensamiento negativo hacia él ni siquiera cuando, justo después de beber la última gota de vino, se abalanzó sobre ella, mordió su boca, rompió su blusa, lastimó sus pechos con apretujones y le eyaculó casi enseguida encima de la falda. 



Después, mientras él se ajustaba de nuevo el pantalón, ella rehizo su peinado y fue a cambiarse de ropa. Al volver, él estaba frente al ventanal abierto. Miraba hacia los techos recubiertos de tendederos cuando le preguntó:

—¿Por qué vives en un barrio tan feo?

Ella no respondió y le hizo otra pregunta:



—¿Por qué viniste hoy?

Él volteó y la miró como si no comprendiera la cuestión.

Ella acotó la pregunta e inquirió de nuevo:

—¿Te acordaste de mi cumpleaños?

Entonces él cambió la expresión de extrañeza por una mueca que, de pronto, se transformó en una ruidosa carcajada. Entre hipos y risas, tambaleándose por su estado alcohólico aunado a sus estertores hilarantes alcanzó a responder:

—Nunca se te quitará lo cursi —y siguió carcajeándose como si le hubiera contado el mejor de los chistes.



Ella no dijo nada. No gesticuló. No hizo ninguna clase de aspaviento. Se acercó con decisión y con toda la fuerza de su ira le dio un empellón que lo hizo dejar de reír. La pequeña jardinera que hacía las veces de barda no fue suficiente para detener el cuerpo que, cuando ella se asomó, ya estaba impactado en el asfalto.

viernes 28 de noviembre de 2008

LOVE STORY

Ella apagó la luz.
En ese momento él le dijo que la cama se movía y tenía que poner un pie en el piso para no caerse. Ella le hizo notar que ya estaban en el piso, porque la cama en realidad era una colchoneta sobre un tapete y eso tenía la ventaja de que nunca se caerían.

El guardó silencio. Un silencio breve en el que ella pudo adivinar en la oscuridad y, sin siquiera mirarlo, que él continuaría con el tema porque tanto vino dentro le impedIa quedarse callado.

—Si no puedo caerme de la cama al piso, porque ya estoy en el piso, entonces me caeré hacia una pared, porque esta cama se mueve y me tendré que caer hacia algún lado.

—¿Amanecerás sostenido de la pared como Spiderman?

—No, como Gregorio Samsa.

Acto seguido se besaron y sintieron que la cama giraba más rápido. En medio de esos giros se quitaron poco a poco la ropa.
Hicieron el amor sin rechinidos, sin la delatora perorata de casi todas las camas que revelan los orgasmos de sus huespedes, con la fricción de sus resortes y tornillos mal aceitados y flojos. Ésa es otra ventaja de dormir en el piso.



Gimieron, sudaron y se tocaron a oscuras. Como dos ciegos que leen en braille su libro favorito.
Durmieron abrazados hasta que la ventana dejó caer de lleno sobre ellos la luz del día.



—Anoche volví a tener el mismo sueño…

—¿El de los humanos que se emborrachan, follan y uno de ellos cree que se convertirá en insecto si se cae de la cama?

Las cucarachas todavía se sonrieron otra vez, un momento antes de ser aplastadas por el contundente golpe de la suela de un Converse.