Ofelia llegó antes de la hora. Pidió un gintonic y se acomodó en una mesa. Nunca había estado en ese lugar y mientras esperaba tuvo tiempo de observarlo. El sitio le recordó la casa vieja donde vivió de niña, con techos muy altos, paredes muy gruesas y un patio central. La escasa iluminación daba al local un aspecto que a ella le parecía, al igual que su hogar de la infancia, propicio para ambientar historias de fantasmas. Sonrío para sí misma al caer en cuenta que ese bar al que iba por primera vez, se llamaba “El patio de mi casa”.
Cuando acababa de dar el último trago a su ginebra y empezaba a sentir el suave cosquilleo del alcohol en su torrente sanguíneo apareció Regina. Entró con pasos largos y apresurados, y una gran sonrisa en el rostro. Abrazó a Ofelia, le dio un beso en la mejilla y en seguida, aún con la mochila colgándole en el hombro, fue hasta la barra y pidió una cerveza oscura, la cual empezó a beber en cuanto estuvo de nuevo frente a Ofelia y le dijo salud.
—Aaaahhhh… el primer trago de cerveza es tan rico, me pone tan de buenas, que siempre me hace preguntarme, ¿por qué no hice esto a las siete de la mañana? ¡Mi día hubiera sido excelente!
—¿Tuviste un mal día?
—Para nada, pero caminé un chingo y ahorita que vi que ya era tarde y no llegaría a la hora que quedamos me vine casi corriendo, entonces me acaloré cabrón y venía alucinando una chela super fría —hace una pausa para tomar otro trago de cerveza y aclara—, lo de tomar chela a las siete de la mañana es broma… eso nomás lo hacen hombres de la talla del “Púas” Olivares, claro, acompañado de su churro de mota. Yo desayuno lo mismo, nomás le cambié la chela por un café, es que soy adicta, lo confieso.
—¿A la mota?
—No, al café. La mota la fumo desde los 16 años, pero no por adicción sino por puritito gusto. ¿Tú fumas?
—A veces… mentolados light.
—Me refiero a la mota. Al tabaco ya se que no eres muy afecta pero, ¿por qué no pruebas uno de éstos? —aclaró Regina, al tiempo que sacaba de su mochila unos Delicados sin filtro. Tomó uno, lo encendió y se lo dio a Ofelia, quien lo recibió con cierta reticencia y le dio una tímida fumada.
—¿Y qué de la mota? —volvió a preguntarle Regina en tanto prendía uno para ella.
Ofelia respondió en medio de tosidos.
—Ah, no… bueno… la fumé una vez en la prepa…con un chavo que era mi novio… pero me sentí muy mal, hasta vomité. Y la verdad ya nunca la probé otra vez porque desde que dejé de andar con ese chavo no he conocido a nadie que la fume.
—Pues a quí tienes a tu servilleta bordada pa’ cuando se te ofrezca.
—Ja!… gracias, lo tendré presente.
Regina volvió a beber de su cerveza. Entrecerraba los ojos y, al hacerlo, alzaba ligeramente la barbilla echando la cabeza hacia atrás. El calor de su cuerpo emanaba en finas gotas de sudor que abrillantaban su cara y su escote mostraba en forma generosa la humedad que recubría la parte visible de sus senos.
Ofelia la observaba dando pequeños sorbos a su segundo gintonic y se preguntaba qué hacía ahí bebiendo —práctica inusual en ella hasta una semana antes— con una mujer tan diferente a ella pero que, no obstante, le despertaba una gran curiosidad y por la que sentía una gran simpatía. ¿Qué la hacía sentirse identificada con esa mujer con la que parecía no tener nada en común?
No tenía la respuesta pero ahí estaba bebiendo con esa casi desconocida que la hacía sentir una grata sensación de ligereza y que, desde el primer momento, empezó a influir en su vida: bajo el patrocionio de Regina dio la bienvenida en su existencia a la ginebra y, ahora, a los cigarros sin filtro porque, una vez superado el acceso de tos, pudo degustar el excepcional maridaje entre el seco sabor de la ginebra y el golpe contundente del tabaco.
—¿Y cómo vas con tu proyecto? —preguntó Ofelia. Acto seguido se quitó el saco y dejó al descubierto su cuello y sus hombros enmarcados por una ajustada blusa de tirantes de encaje. Sintió una gratificante sensación de libertad y sonrío satisfecha al sentir que había cometido un gran acto de osadía.
—Muy bien —respondió Regina—, este mes he tomado fotos muy buenas, pero hay una en particular que no tiene madre y me tiene muy entusiasmada. Te la voy a enseñar.
Regina sacó de su mochila una caja de papel fotográfico y sacó una impresión que puso sobre la mesa.
—¿Qué te parece?
Ofelia observó largo rato la imagen antes de contestar. Mientras lo hacía, como si en su cabeza se iniciara la proyección de un cortometraje, reconstruía en su memoria una serie de escenas hasta detenerse en la toma fija que observaba en la foto.
—¿Qué te parece? —preguntó de nuevo Regina, al tiempo que volvía de la barra con otra cerveza y un gintonic que puso al lado de Ofelia.
—Es increíble, parece que sonríen, que gozan… ¡casi hablan!
—Lo hacen, por eso me atrajeron desde que los ví, ¡están vivos! Por eso los fotografié y por eso considero ésta la mejor foto de mi proyecto hasta hoy.
—En serio, ¿la mejor?
—Simón.
—Woooow, que foto tan increíble —dijo un muchacho quien, con una cerveza en la mano, también observaba la foto parado detrás de Regina y Ofelia. Ambas voltearon y alzaron la vista para verlo, entonces él acercó su cerveza y dijo salud. Ellas sonrieron y chocaron sus bebidas con la suya.
—Qué buena foto —reiteró el sujeto, a la vez que se presentaba—, me llamo Sebastián, ¿y ustedes?
—Pili y Mili —respondió Regina.
—¿De veras? yo hubiera jurado que eran Pituka y Petaka.
—En realidad somos Beto y Enrique —terció Ofelia y los tres se carcajearon.
Siguieron bromeando, bebiendo, platicando. El centro de su plática fue la foto, la cual no dejaron de observar, comentar, elogiar, mientras las cervezas y los gintonics ayudaban a estrechar sus lazos amistosos. Pasado un rato, Sebastián propuso:
—¿Qué les parece, mis queridas Maritza y Andrea, si vamos a un lugar dónde podamos sentirnos más cómodos?
—¿Qué tan cómodos? —preguntó Regina.
—Totalmente cómodos, relajados y a salvo—respondió él.
—¿A salvo de qué? —preguntó Ofelia.
—De cometer el error de no arribar juntos a la madrugada —dijo Sebastián al tiempo que las abrazaba a ambas.
—Nos estás invitando a tu cama —precisó Regina con una sonrisita provocadora.
—Las estoy invitando a vivir lo que la noche proponga—dijo él y rozó con sus labios entreabiertos y la punta de la lengua, uno de los hombros descubierto de Ofelia y después besó en la boca a Regina.
Ofelia no supo qué hacer o decir y sólo atinó a terminarse de un trago el resto de su ginebra y salir casi corriendo a refugiarse en el baño. Se sentó en el suelo tapándose las orejas y escuchó los latidos de su corazón a mil por hora. Sentía miedo y enojo, pero también una gran excitación y curiosidad. Se quedó ahí hasta que alguien tocó la puerta. Entonces se puso de pie, se miró en el espejo como para confirmar que seguía siendo la Ofelia que conocía, y salió.
Cuando llegó a la mesa Sebastián ya no estaba y la fotografía tampoco. Regina bebía otra cerveza y le había pedido a ella otro gintonic.
—¿Pasó algo, Regina?
—Pasó, que le expliqué a nuestro recién adquirido amigo que la mera verdad es que tú y yo somos las gemelitas de “El Resplandor”, ya un poco crecidas pero igual de diabólicas y que si quería fiesta teníamos que invitar a Jack Nicholson. Entonces ya no le pareció divertido y se fue.
—Ya en serio, ¿qué pasó?
—Pasó, que como ya había entrado en confianza, me dijo que la neta él era el Sr. Spock en misión especial, y yo tuve que decirle que nuestras tetas y demás partes que lo estaban entusiasmando eran un prodigio del latex y en realidad éramos
Hombres de Negro, pero que con gusto podríamos pasar la noche con él una vez que nos quitáramos los disfraces. En ese mismo intante se teletransportó y seguro ahorita ya está en otro bar ligando alienígenas.
Regina guardó silencio un momento, sonrió y continuó.
—Pasó, que notamos que saliste despavorida porque ya no te estabas divirtiendo y de lo que se trata es de divertirse. El tipo no es pendejo, vio tu cara de susto, mi cara de sorpresa ante tu susto, sacó un cálculo rapidín de nuestra peda y pensó, “nel, éstas son la guayaba y la tostada dándoselas de mujeres de mundo”, abortamos el proyecto de brincar los tres sobre su cama y mejor hicimos un
bisne.
—¿Cómo?
—Me compró la foto.
—¿En serio?
—A güevo.
—¿En cuánto se la vendiste?
—Pagó la cuenta de lo que ya habíamos consumido y dos rondas más —hizo una breve pausa y con un gesto pícaro agregó— y también me dió su teléfono.
Se carcajearon, chocaron las bebidas y dijeron salud.
Esa noche salieron de ahí borrachas, abrazadas, contentas, igual que la semana anterior cuando se conocieron a unas cuantas calles de ahí, por una absoluta casualidad.