domingo, 19 de septiembre de 2010

CUANDO PASE EL TEMBLOR

Publicado originalmente en La mosca en la pared No. 102 /abril de 2006



"Hay una grieta en mi corazón…"


Soda Stereo



Elena Santibáñez

El 19 de septiembre de 1985, mientras vomitaba, noté que la sensación de que el piso se movía no sólo era efecto de mi mareo matutino. Esa mañana de septiembre —con el elocuente trasfondo de las imágenes televisivas que mostraban una ciudad devastada— anuncié a boca de jarro que estaba embarazada. Nunca olvidaré la cara de incredulidad de mi madre, quien me hizo la misma pregunta de diferentes formas para ver si yo le soltaba la neta:

 —No, nunca me dijo que nos casaríamos —fue mi invariable respuesta.

Él no me prometió matrimonio porque la última vez que salimos —hecho que yo supuse reanudaba un noviazgo que no se reanudó—, la idea era ir a un concierto de Kenny y los eléctricos, al cual por supuesto no llegamos y, aunque ambos sabíamos que lo que hacíamos en una habitación recubierta de espejos no eran aeróbics o pilates, en nuestrosa planes no estaba ser padres y unir nuestros apellidos.

Además, Vinicio y yo llevábamos un rato practicando machincuepas y saltos mortales sin red, sin pretender que dichas acrobacias fueran reconocidas con una epístola de Melchor Ocampo.

Esa mañana de septiembre, mientras gran parte del Distrito Federal se convertía en cascajo, en el seno de mi hogar empezaba a anunciarse otra clase de sismo. "Madre soltera" es un binomio fonético que asusta a todas las familias, una explosiva combinación de rol histórico con estado civil —con su inevitable halo de putería—, que genera encabronamiento y vergüenza, dando sustento ideológico y anímico a lo que se conoce como deshonra.



Mi familia, a pesar de ser cien por ciento pueblerina, pertenece a ese sector de la sociedad que podría llamarse "clase media ilustrada". Una mezcla equilibrada de víscera, información y raciocinio posibilitó que, pese al estupor y disgusto que causó, un problema de honor no fuera dirimido a machetazos, golpes o mentadas de madre. Porque, en efecto, no hubo matrimonio que resanara la abolladura, más bien protuberancia, que meses más tarde era evidente.

Pero el honor es el honor y una cosa es no armar un megapedo y otra quedarse como si nada.

Porque, en casos como éste, "hasta en las mejores familias” existe el antídoto que si no elimina al menos neutraliza el virus de la dershonra: la dignidad. Y la digna actitud de mi familia fue borrar de su lista a Vinicio y su parentela, y exhortarme a que yo —que no fui desheredada, corrida de la casa o estigmatizada con algún tipo de letra escarlata—, parafraseando al bolero, "pasara a su lado con gran indiferencia y mis ojos ni siquiera voltearan hacia él".



El 19 de septiembre de 1985, por la noche, fue convocada en la sala de mi casa una reunión extraordinaria en la cual el punto a negociar era un bodorrio que nunca se efectuó. Yo, aunque desde el primer momento supe que casarnos no era la solución a nada (porque el susodicho y yo arrastrábamos una situación problemática, anterior al inesperado embarazo), nunca dudé en tener a Jacinto. Veinte años después estoy convencida de que el punto a discutir era la relación padre-hijo, que desde esa noche y durante los últimos casi veinte años se declaró inexistente.



Entonces, como diría el filósofo Emmanuel, "todo se derrumbó dentro de mí" y me convertí en brigadista de mi propio desastre y empecé con mi hijo una trayectoria que ha tenido escalas en distintos albergues. En medio de incontables avatares, nuestra vida en común ha florecido como esos jardínes sembrados sobre escombros y cadáveres, que cubren una grieta abierta hace dos décadas.

En este "drama pueblerino", como Jacinto ahora lo llama, descubrí algo más eficaz que defender el honor o actuar con dignidad: hablar con la verdad. Y aunque esta afirmación podría dar pie a una discusión de orden epistemológico-bizantino, sólo diré que cada hecho de la vida tiene, al menos, una condición irrefutable que, en este caso, es un lazo consanguíneo.



Veinte años de sobrevivir a un temblor personal me enseñaron que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Por eso, cuando Jacinto aún era niño —con el apoyo y cariño de Raúl, mi primer marido, quien siempre lo asumió como su hijo—, le hablé por primera vez de la existencia de Vinicio. Hace casi un año, antes de cumplur diecinueve, me pidió que le hablara de su "otro" padre. No sólo le hablé de él sino que me di a la tarea de buscarlo. Así, yo misma me deshice de una carga de vidrios rotos, fierros retorcidos y muertos insepultos, que traía en el corazón.



Hoy día, Vinicio y Jacinto tienen comunicación por correo electrónico; Raúl, pese a nuestro divorcio hace años, sigue siendo el padre de Jacinto; y yo tengo la certeza de que esta historia —cual si fuera una narración calificada por Cortazar— no es de las que se ganan por puntos sino por knock out, mientras siento un bamboleo cada vez más leve y un arraigo a la tierra que me indican que, por fin, el temblor está pasando.