domingo, 26 de abril de 2015

TODAS SOMOS GORDAS Y POETAS*




Dentro de una serie de acertadas descripciones acerca de nuestra idiosincrasia, en su libro Vecinos distantes el periodista Alan Riding dice que “los mexicanos se echan a cantar a la menor provocación”. Y es cierto. Cantamos de felicidad y de tristeza, llorando y riendo —como Pepe el Toro—, mientras manejamos, regamos el pasto o nos bañamos, y hasta cuando leemos. Si en la página 38 de la novela que estamos leyendo, nos topamos una estrofa de “Tú y las nubes”, de José Alfredo Jiménez, uno entiende que el autor también escribió las 100 páginas siguientes exigiendo su tequila y exigiendo su canción.

Y si el escritor hizo su parte pues uno también hace la suya. Entonces enciende el chip del azote para recorrer con el autor los intrincados caminos del amor vivido como en película de Pedro Infante: con harto dolor, muchas canciones para no cerrar la herida y ese halo de tragedia campirana que ambientada en la ciudad adquiere pintorescos matices intelectuales: el tequila es sustituido por vino tinto o whiskey —espirituosas sustancias que jamás le habrían servido a ninguno de los hermanos García— y el josealfredismo adquiere visos de corriente filosófica colocando a su creador a la altura de Sartre y Kierkegaard con su tema existencialista “La vida no vale nada”.

Como en toda historia de desamor —sea canción, película o novela— el protagonista necesita una musa que inspire su desgracia, alguien por quien inmolarse públicamente, llegar a la ignominia, llenarse de oprobio y fatalidad para poder decirle, desafiante: “Si te cuentan que me vieron muy borracho, orgullosamente diles que es por ti, porque yo tendré el valor de no negarlo, gritaré que por tu amor me estoy matando, y sabrán que por tus besos me perdí.” Y aunque el macho sufriente encarna perfecto en el papel de protagónico de una peli de la época de oro, la susodicha no requiere el tipo de María Félix, Dolores del Río o Blanca Estela Pavón… es suficiente una gorda con capacidad industrial para verter alcohol por su esófago… y si es poeta mejor.

Porque los poetas —me refiero en plural a quienes ejercen la poesía sean éstos hombres o mujeres— tienen el alma rota como los personajes de Pedro Infante y los infelices que habitan las canciones de José Alfredo. En este sentido, me parece que el Sr. Jiménez no sólo era existencialista sino poeta maldito. Los borrachos beben para llenarse el cántaro roto que tienen por corazón, los poetas beben porque la poesía no les alcanza para ahogarlos. Ambos terminan cantando canciones de José Alfredo y viendo películas de balazos y cantinas.

Entonces, así va uno leyendo esta historia con música de fondo y sintiéndose en familia porque, caray, si todos son charros cantores, azotados e inseguros de tan machos que son, todas somos como una poeta gorda: llenas de palabras sencillas que nos gusta adornar con acertijos lingüísticos, con trampas semánticas donde nosotras caemos primero, con una pose protectora de nuestro verdadero dolor, porque siempre duele algo, el asunto es que muchas veces no sabemos qué y entonces inventamos una gran historia, buscamos un culpable para nuestra gordura y para nuestra infelicidad, bebemos mucho vino para no comer frituras y escribimos poemas para no decir la verdad. Lo dice Riding, pero también lo dicen Rodrigo Fresán, Octavio Paz y casi cualquiera que hable de la mexicanidad: vivimos llenos de máscaras. Como el macho que canta en vez de ponerse a llorar.

*Algunas reflexiones inspiradas en una lectura reciente.

LA POETA GORDA
José Luis Valecia
Rayuela, 2014