martes, 6 de agosto de 2013

Madre (por fortuna) sólo hay una


"Las mamás, tratandose de nuestros hijos, difícilmente nos equivocamos...." 
La soberbia maternal me da una ternurita.
Alex Morales Leal
 
Catalina Creel —mujer rica, elegante, ambiciosa, y con una maldad sólo superada por su cinismo y sangre fría— comete crímenes de toda índole para sacar del guión a quien se interponga en la felicidad de su hijo, heredero de un imperio edificado sobre su primera infamia: hacerle creer a su otro hijo (en realidad su hijastro) que es el causante de que ella perdiera un ojo, lo cual convierte al susodicho en un manojo de inseguridades y complejos con alta proclividad a la autodestrucción.
A lo largo de los 85 capítulos de Cuna de lobos, uno de los culebrones clásicos de nuestra televisión, doña Catalina no se tienta el corazón para escabecharse por propia mano a su marido, su joyero, un empleado de confianza, un investigador policiaco y una mujer que se le cruzó mientras quería matar a su secretaria; asimismo provoca la muerte de la abuela de la mencionada secre, junto con otro montón de viejitas, al ordenar el incendio de un hospital geriátrico, además de sacar de circulación a la enfermera que povocó el fuego.

De igual modo, con su venia y complicidad, un niño recién nacido es robado de los brazos de su madre para ser puesto en los de su nuera, y así cumplir con una cláusula testamentaria que exigía un hijo para heredar una cuantiosa fortuna. Al final povoca un accidente para deshacerse de su hijastro y su esposa (que es la verdadera madre del niño), donde los que mueren son su hijo y su mujer. Ante este hecho, ella decide suicidarse. Todo, sin excepción, es realizado en nombre del amor.
Sin duda Catalina Creel es la villana más emblemática de los teledramones nacionales y —aunque usted no lo crea— la mejor exponente de la afección materna llevada a sus últimas consecuencias.

¿Qué madre no haría lo que fuera por proteger a su hijo, hacerlo feliz, facilitarle el camino? Con la devastadora fuerza que desata el mantra “porque soy tu madre y te quiero”, la mayoría de las progenitoras cometen toda clase de desacatos con su prole: desde ponerle el suéter a huevo, hasta espantarle las malas compañías pasando por nimiedades como decidir arbitrariamente qué le gusta comer, vestir y hacer.

Aun sin los excesos de Mrs. Creel, las mayoría de las madres mexicanas —sacralizadas en películas de la época de oro, telenovelas y tarjetas de Sanborns— son una especie de monstruos mitológicos con largos tentáculos para alcanzar al chamaco donde quiera que se encuentre (aunque ya esté huevoncito); con víboras en la cabeza y en la lengua para destruir honras y autoestimas (incluso las de su propia descendencia); con mirada llameante y teleférica para ver más allá de lo evidente, y con la convicción de que la maternidad es una especie de super-poder que permite, entre otras cosas, cobrar con sangre, sudor y lágrimas el haber traído al mundo a los seres gestados en la entraña. Quien sobevive a su madre puede sobrevivir a todo.

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