martes, 18 de diciembre de 2012

La equidad de género según el Sol y la Luna o En defensa de la locura momentánea




Para Josefina Larragoiti
Dice un conocido refrán, lugar común cotidiano y quintaesencia del optimismo, que “el Sol sale para todos”, en este sentido, el astro rey no hace distingos de raza, sexo, preferencia política, gusto musical, religión, etcétera, como quien dice, el Sol no discrimina; sin embargo, la equidad solar consiste también en excluir, sin distinción alguna, a hombres y mujeres cualesquiera que sean sus carácterísticas. Es decir, el Sol sale para todos pero nadie puede acercársele a menos que sea uno de los Cuatro fantásticos y quiera practicar “de bulto” el “llamas a mí”. El Sol es, para cualquiera de nosotros, bello, lejano e inalcanzable.
La Luna por su parte es tangible e indiscriminada, todos podemos acceder a ella aunque ese acto no es visto ni calificado de la misma manera, según se trate de un hombre o de una mujer. Para explicar lo anterior no voy a tirar un choro sino a citar un hecho histórico:
El 20 de julio de 1969, el estadounidense Neil Amstrong fue el primer hombre en pisar la Luna. Ese acto —que, por cierto, sólo realizó una vez— le valió para convertirse en uno de los personajes más destacados del siglo XX y quedar inscrito para siempre en la historia de la humanidad.
Un hombre alunizó una vez y su foto fue publicada en los diarios del mundo, y hasta la fecha aparece en miles de enciclopedias y libros de historia. Las mujeres vivimos en una perenne lunación, es decir, crecemos, nos llenamos, menguamos y una vez más nos renovamos, o dicho de otra forma, tenemos altibajos todo el tiempo y nadie nos reconoce por ello. Con una breve incursión en la Luna un hombre obtuvo la fama y la inmortalidad, mientras que las mujeres somos tachadas de locas por habitar los territorios lunares. Eso se llama discriminación aquí y en la Luna.
Y bueno, qué podemos esperar si ella misma sufre desconsideraciones de origen. En apego a su biografía autorizada, la Luna es un “cuerpo celeste opaco, que sólo brilla por la luz que refleja del Sol y gira al alrededor de un planeta primario”. Vista así, la Luna pareciera ser una pobrecita debil emocional, atrapada en una relación de dependencia con el astro “superior” que la domina, con un estatus de vida satelital aburrida e inútil, condenada a la agobiante rutina de una existencia llena de noches largas y expectativas cortas. Pero si es así de ñoña, ¿por qué nos atrae, nos hechiza y nos atrapa desde la primera mirada? Porque la Luna es en realidad provocadora.

Esto lo reveló uno de los estudios más profundos acerca de ella realizados en México, cuyo informe final dice lo siguiente:
“La Luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía. Un pedazo de Luna en el bolsillo es mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de Luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir”.
Y recomienda: ”Pon una hoja tierna de la Luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. Lleva siempre un frasquito del aire de la Luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la Luna a los presos y a los desencantados. Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la Luna en dosis precisas y controladas”.

Y aunque usted no lo crea esto no lo descubrió Julieta Fierro, la reconocida astrónoma mexicana. En algunos casos, y éste es uno de ellos, la ciencia exacta es rebasada por el conocimiento que nos brinda la literatura. Fue el poeta chiapaneco Jaime Sabines quien reivindicó la dignidad de nuestro astro y una diseñadora gráfica quien lo puso al alcance de nosotros.

Desde hace 15 años Josefina Larragoiti, al frente de la Editorial Resistencia, nos ofrece una práctica opción para traer un pedazo de Luna en el bolsillo o colocar una hoja debajo de la almohada: la Agenda de la Luna.

Este objeto de uso cotidiano —útil, práctico, bonito, resistente—, singular lunario para llevar un registro de las actividades diarias, también lleva implícita una nueva condición del ser lunático. Las mujeres somos constantemente señaladas por flamígeros dedos —casi siempre masculinos— que nos acusan de “vivir en la Luna”. Y sí. Pero ello no implica que seamos distraídas sino que estamos abducidas por el influjo de esa locura o ceguera pasajera que trae consigo el influjo de la Luna.
¿Y qué de malo puede tener este influjo si, por ejemplo, bajo su cobijo nocturno Josefina dibuja y descubre los rostros de las lunas que habitarán sus agendas? Ella, como muchas de nosotras, es una lunática cuya “locura momentánea o ceguera temporal” no es otra cosa que un acto creativo.
Así, desde la afanosa mujer que le roba horas al sueño para cocinar y salir al día siguiente hacia el trabajo dejando a su familia abastecida; la joven estudiante que lee con avidez bajo un estado alterado de vigilia; la profesionista que ocupa madrugadas para concluir el trabajo que debe entregar horas más tarde; hasta las que, como yo, convierten el insomnio en una madeja de palabras que después compartirán con otros, todas somos orgullosamente lunáticas.
Y si a Jaime Sabines le debemos el haber revelado las virtudes de la Luna, a Josefina Larragoiti y su Editorial Resistencia les corresponde el mérito de darnos año tras año, desde 1999, una cajita de Pandora de bolsillo llena de historias mágicas y hermosas, que nos dan la dotación de Luna necesaria, esa cucharada diaria en dosis precisa y controlada, que ayuda a estimular nuestra locura, y de paso a organizarnos cada día.
Si alguien aquí aún no ha sucumbido al hechizo de la Luna ni ha disfrutado el efecto de sus incitantes efluvios, y su conocimiento de ella es tan básico que sólo sabe que a veces “se pone re´grandota como una pelotota que alumbra el callejón”, ¡basta!, atrévase a dejar de ser un lunático de clóset y a conocer y disfrutar los beneficios de ser acogido por la Luna. Que nadie salga de aquí sin llevar consigo su amuleto porque, como escribió Jaime Sabines, un pedazo de Luna en el bosillo es mejor que la pata de conejo.
17 de diciembre de 2012

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