martes, 10 de mayo de 2011

EL ESTILO PERSONAL DE AMAMANTAR

Para mis hijos, compañeros de un viaje al que nadie les preguntó si querían ir

“Toda cicatriz cuenta una historia.”
Iván Ríos Gascón

Cuando a los 19 años decidí tener al hijo que el Predictor me anunciaba, no tuve un atisbo de cordura que me hiciera cambiar de opinión. La segunda vez que tomé la misma decisión tenía un poco más de edad pero no estaba más cuerda. La maternidad, como toda forma de amor, es un acto de fe y locura.

Porque hay que estar loca y creer ciegamente en lo que se está haciendo para aguantar siete horas en la “Sala de expulsión” de un hospital, sin expulsar más que los restos del almuerzo que la lavativa no alcanzó a desalojar y que, a fuerza de pujidos y empujes, salió por un orificio del cuerpo que no era precisamente el dilatado. Entonces, con el hijo literalmente atorado y después de cagotear verbalmente y de bulto a los presentes ser conducida al quirófano. Así nació mi primogénito.

A mis dos hijos, desde su primer hogar (que fui yo misma) los involucré en mis decisiones y los hice partícipes de mis actos. Como todas las mujeres embarazadas tenía antojos, que satisfacía avalándome en la explicación científica del ginecólogo: “los antojos no son inventos de señoras latosas, se producen por la carencia de alguna vitamina, proteína u otra sustancia, que durante la gestación el producto requiere y si no tiene reclama”. Bajo este sustento teórico consumí cantidades inenarrables de chiles La costeña y kilos de Maizena. Esta mezcla, semejante a un pantano de engrudo y escabeche, además de evitarme las agruras suplía mis deficiencias de hierro y proteínas.

Con sus variantes, la explicación del ginecólogo acerca de los antojos fue la premisa que dio pie a la lógica que regiría mis futuras decisiones: “si siento ganas de hacerlo debo hacerlo”, pensando que mis deseos e impulsos eran expresiones legítimas de un algo que desde mi interior reclamaba ser atendido. Por ende, satisfacerlo traería un cambio benéfico. En este sentido, la primera decisión que cambió, aunque no necesariamente benefició la vida de mis vástagos, fue divorciarme. Como suele pasar en las rupturas maritales —aunque su padre nunca dejó de verlos, darles cariño y solventar hasta hace unos años parte de sus gastos— la “mitad grande” de la convivencia diaria y la manutención me tocó a mí.

Conforme a los cánones de la excelencia materna, yo quise darles a mis hijos una buena educación. Mi interpretación de este concepto estaba más ligada con forjar espíritus libres e impulsar individuos capaces de autodeterminarse, que con formar entes funcionales vía la observancia de reglas, el apego a estructuras o la existencia de límites. Sobre la marcha, y en aras de educarlos “lo mejor posible”, fui desarrollando lo que una chava que conocí en una fiesta llamó la teoría educativa del Dr. Spock que, como su nombre sugiere en alusión al legendario personaje de Viaje a las estrellas, carece de lógica terrestre. Es un método que combina los principios del Hágalo usted mismo, con la opción de rol optativo entre adulto-chico o niño-grande.

Desde pequeños, ellos aprendieron a tender su cama, recoger su cuarto, hacer sus tareas escolares, limpiar sus traseros, lavar sus dientes y todas la partes de su cuerpo donde se acumularan suciedades; asimismo —dentro de la variedad disponible— podían elegir lo que querían comer, vestir, leer, escuchar o ver y prácticamente todas las actividades que querían realizar. Esto, por un lado, estaba relacionado con el hecho de que yo trabajaba la mayor parte del tiempo, incluso en casa, y lo mejor para todos era que ellos resolvieran su vida en la parte que pudieran. Pero por otro, también tenía que ver con mis personales añoranzas de cómo me hubiera gustado que mis padres me trataran a mí.

Trabajaba compulsivamente, pero el refrigerador siempre tenía comida y la ropa estaba limpia; yo misma llevaba a mis chamacos a la escuela, al cine, a las casas de sus amigos donde a veces pernoctaban o asistían a fiestas; firmaba sus boletas, asistía a las juntas y a los festivales escolares, etcétera. De todo lo que hacía con ellos, lo que más disfruté fue leerles cuentos, cantarles canciones y jugar Turista. Lo anterior se modificó muy poco a lo largo de mis cambios de casa y de marido (que en ambos casos fueron varios). Nadie podrá reprocharme que desatendí a mis hijos por causa de un hombre; en todo caso y con ganas de convertir esto en querella, todos mis hombres podrían sentirse tan desatendidos como mis hijos.

Su niñez transcurrió sin mayores problemas, mejor dicho, sin que yo considerara demasiado problemáticas ciertas situaciones. Por citar un ejemplo, mi hijo fue castigado en la primaria por romperle el pantalón a uno de sus compañeros. Cuando increpé a mi consternado hijo sobre la situación, me dijo: “Benjamín traía un hoyo en la rodilla del pantalón, le metió el dedo y le jaló, el pantalón se rompió un poquito y él se río; después, otro niño lo jaló más, se rompió más y los dos se rieron más; entonces yo le di un jalonzote, le arranqué todo el pedazo de pantalón —de la rodilla hacia abajo—, nadie se rió y Benja se puso llorar... pero de veras mamá, yo pensé que se iban a carcajear”. Le creí porque, en su lógica que era igualita a la mía, yo habría hecho exactamente lo mismo.

Mi hija, por su parte, transitó la niñez prácticamente sin dificultades, si omitimos todas las que tuvo conmigo. Visto a la distancia, creo que ella se dio cuenta muy rápido de que le estaban dando gato por liebre, como si para sus adentros dijera: “a mí no me la pegan, esta chava no es mi mamá, si acaso, es mi hermana mayor”. En intentos desesperados por demostrarse a sí misma que estaba equivocada y lograr que yo desempeñara el papel que ella esperaba, me retaba constantemente a que la metiera en cintura, le pusiera un hasta aquí, le demostrara quién manda. Cosa que nunca supe, bien a bien, como se hacía.

Solía inventar historias como que la mujer del cartel de la sala —la cantante española Luz Casal— era yo antes de que ella naciera. Más reveladora es la carta que me dio un 10 de mayo en la que, con el irregular trazo de quien empieza a expresarse por escrito, me dijo: “Eres la mejor madre que he tenido”. Al leerla me sentí en una paráfrasis de Sybil, la de las 17 personalidades, en la que mi hija por fin reconocía a la mamá que necesitaba entre todas las mujeres que yo era. Ella, probablemente, intuía lo que terminó por confirmar años más tarde: la maternidad no era para mí un vehículo de trascendencia y realización sino un elemento más de búsqueda de mi misma y cuestionamiento del sentido de la vida.

Su adolescencia merece un capítulo aparte. Pero vale decir que, primero el uno y luego la otra, ambos a los 13 años me mostraron la eficiencia de mi método pedagógico: poseedores de un espíritu libre y una gran capacidad de autodeterminación enfocaron sus ímpetus en hacerse todo el daño posible. Afortunadamente crecieron... y yo con ellos. Han pasado muchos años desde la escena del Predictor y aunque mi forma de amar y educar a Elena y a Jacinto no es, precisamente, la aprobada por la Sociedad de Padres de Familia creo que algo bueno les habrá dejado. Pero eso sólo pueden decirlo ellos.

Publicado originalmente en El ángel exterminador (Milenio Diario) el miércoles 11 de mayo de 2005.