martes, 8 de marzo de 2011

APRENDER A BAILAR

Si cuando mi madre me gestaba se hubiera practicado un ultrasonido como es común hoy en día, tal vez mi padre habría tenido tiempo de hacerse a la idea de que por más que lo deseara yo no podría llamarme Aquiles ni ser el heredero de sus glorias. Sin embargo, el asunto no le causó mayor conflicto: me puso el nombre que llevo y me siguió considerando el primogénito que enaltecería a su estirpe. Así empezó todo

Yo no lo recuerdo, pero es anécdota conocida y aún comentada en mi familia el que yo a tempranísima edad hablaba de manera fluida y conocía toda clase de palabras altisonantes, que no sé si mi padre me enseñaba pero, según dicen, sí se encargaba de hacerme repetir.

—A ver Elenita —decía señalando una serie de ronchas en mi cuerpo—, dile a tu tío qué te pasó en tus piernitas.
—Me chingaron los pinches moscos —respondía yo de manera presta.

Lo que recuerdo son mis juguetes con los que, si he de ser sincera, me divertía bastante: pistola de sheriff al cinto, estrella plateada en la camisa y sombrero vaquero en la cabeza; trenes, trompos, baleros y cochecitos, entre otros juguetes que distaban mucho de ser un Barbie. Fue un caso excepcional la Navidad en que me regalaron una estufa y una licuadora eléctricas con un juego de trastecitos de aluminio.

En una de las cacerolas intenté freír un trozo de carne al calor de la poco competente estufa y moler un jitomate en la licuadora, para alimentar a mi ejército de soldaditos de la Segunda Guerra Mundial. Ni una calentó ni la otra molió y ambas se fundieron a los quince minutos frustrando mi deseo de abastecer a las tropas.

Así como acepté que mis juguetes no eran como los de otras niñas, asumí que mis atuendos también eran distintos. Cuando cursaba el cuarto grado de primaria mi padre, norteño orgulloso de su tierra y fiel a sus rancias modas, me mandó hacer unas diminutas botas a imagen y semejanza de las suyas que yo calzaba con serena gallardía.

Estimulada por las tendencias vanguardistas de mi madre quien, por razones distintas pero igualmente llenas de convicción que las de mi papá, contribuyó a moldear mi anómica personalidad y atípica apariencia, lejos de mortificarme aprendí a lucir con garbo mis asimétricos cortes de pelo y desafortunados peinados. Bajo el conjuro de la frase “soy diferente” aprendí que lo bueno de hacer el ridículo es que se le pierde el miedo.

Entré con paso firme a la adolescencia caminando sobre mis botas de “suela de tractor” y mirando el mundo a través de los pesados cristales de mis anteojos. A los 14 años tenía dificultades para relacionarme con las jovencitas, con quienes no me sentía identificada, y con los muchachos, que ya empezaban a gustarme, pero cuya atención no sabía cómo llamar.

No fue precisamente cómo me hubiera gustado, pero desarrollé una efectiva forma para liarme con mis compañeros varones: los puñetazos y las agresiones con objetos contundentes (paletas de butaca, por ejemplo); con estos métodos le reventé la boca a varios y descalabré a uno que otro. Y claro que llamé su atención y, en ciertos casos, incluso desperté su admiración. Desde entonces, el universo masculino se mostró ante mi dividido en dos bandos: los hombres que nunca se detendrían ni a mirarme y los que serían mis grandes amigos y compañeros de andanzas. Entre el segundo grupo surgieron mis primeros novios y, posteriormente, mis maridos.

Mis relaciones amorosas inevitablemente se vieron signadas por mi sui generis historial de “marimacha”. La percepción sobre mí misma se fue alterando al grado de sentirme “disfrazada” si usaba faldas o zapatos que no fueran mis habituales botas de minero. Recuerdo una tarde que estuve en la casa de un cuate de la prepa haciendo una tarea, y su hermanito como de 10 años me preguntó con un cierto tono de sorpresa:

—Si eres mujer, ¿por qué fumas y hablas como camionero?

No supe que contestarle y sólo me cagué de risa por su pregunta. La verdad es que en el fondo me sentí halagada. Muchos años después, durante un largo proceso de pisicoanálisis, entendí por qué frases como ésas me hacían sentir estimulada. El efecto era el siguiente: por un lado, me sentía diferente como mi mamá pretendía y, por el otro, al menos me parecía al hombre que mi papá deseaba.

Aunque mis noviazgos y matrimonios tuvieron entre sí abismales diferencias —y todas ellas tuvieron intrínsecas problemáticas—, la parte conflictiva para mí sólo tuvo dos variantes: la relación no funcionaba porque el hombre a mi lado tenía tanto o más aplomo que yo, es decir un carácter fuerte y una tendencia natural a llevar la batuta, lo cual a la postre se volvía irreconciliable porque yo tenía exactamente esas características. Aunque necesitaba un hombre fuerte a mi lado, sólo sabía competir con él y, por supuesto, quería ganarle. Como cuando me agarraba a chingadazos en la secundaria.

La otra, era que el hombre a mi lado encontraba en mí la parte fuerte que él no tenía y entonces yo terminaba resolviéndole la vida —a pesar suyo inclusive— es decir, controlándosela. Este esquema podía haber funcionado si yo hubiera querido realmente eso, pero a la postre tampoco me hacía feliz. Después de cuatro intentos fallidos de establecer una pareja empecé a entender que el problema no era de ellos sino mío y que, básicamente, se resume así: yo quería un hombre que me amara, me deseara y me protegiera, lo cual revestía un problema de entrada: yo nunca se lo permitía a ninguno.

Es difícil que un hombre siquiera intente sacarte de una bronca, apapacharte o rendirse de amor a tus pies, cuando tu andas por el mundo con tu letrero de “Yo puedo sola”, avalado con una actitud de “y el que lo dude que se forme porque yo sí me lo tupo”. Hace muchísimos años que no me lío a golpes con nadie, pero deshacerme de mi “sistema de choque” para relacionarme con los hombres que me interesan, me ha llevado mucho tiempo.

Hace tres años me separé de mi última pareja y decidí enfrentar al tigre: empezar a buscar a la mujer que soy y que siempre tuve escondida y sojuzgada dentro de mi misma. El proceso ha sido doloroso y difícil, y se ha ido entrecruzando con todas las líneas de mi telaraña amorosa: mis hijos, mis padres, mis amigos, mis ex maridos. La situación la expresó muy bien un amigo con quien platiqué recientemente y me hablaba de sus clases de baile:

—El chiste es el acoplamiento, que consiste en que el hombre “lleva” a su pareja, le marca con movimientos de la mano cuándo dar vuelta, dar un paso o dos, hacia dónde moverse. Por su parte, la mujer se “deja llevar” y si en lugar de oponer resistencia, se pone flojita, pues el baile fluye y se vuelve totalmente disfrutable. La cosa es que cada quien tenga claro su rol: uno conduce y el otro se deja conducir, pero juntos hacen el baile.

Por eso nunca pude consolidar mis relaciones de pareja: con unos no me dejé “conducir”, opuse mi fuerza a la de ellos y eso no sólo nos impidió acoplarnos, sino que terminamos dando traspiés que nos hicieron rodar por el piso; con otros tuve la posibilidad de ser yo quien condujera sin que ellos ofrecieran resistencia, pero el problema era que yo no quería conducir y abandoné la pista.

Este 8 de marzo, Día de la mujer, no levantaré mi voz ni mi copa para congratularme por los logros históricos del género femenino —el derecho a votar, a estudiar, a ocupar puestos políticos y académicos, a participar del arte y la intelectualidad, etcétera— tampoco celebraré mis logros profesionales ni económicos —la publicación de mi primer libro, mi cambio de departamento, mi próximo viaje al otro lado del océano, entre otras cosas— sino el hecho de haberme descubierto, hace muy poco, sintiéndome bien sobre unos altos tacones y dentro de una falda muy corta; de recibir miradas concupiscentes a mi paso; de querer cocinar (y hacerlo bien) para mis hijos y la gente que quiero; de aceptar mi vulnerabilidad frente a un hombre que me gusta y darme el chance de al menos intentar relacionarme de otra forma.

Lo que quiero en este momento de mi vida, como en el baile, es ser llevada por un hombre que con suavidad sugiera mis pasos, sin imponer su ritmo, sino conduciendome con delicadeza a un entendimiento donde los dos podamos construir un movimiento compartido. Eso celebro, el ser una mujer que quiere aprender a bailar.

(Publicado originalmente en el suplemento Traspatio, las otras culturas de Milenio Diario el domingo 6 de marzo de 2005)

1 comentario:

GAB dijo...

Diáfana manera de mostrar este rollo de los sexos.

Salúd!!