
Publicado en la edición de diciembre 2010 de la revista Playboy
Elena Santibáñez
Pudo haberle dicho que nunca le gustaron los domingos... ni comer con la familia.
Aunque el problema de comer con la familia no era sólo que se reuniera en domingo, sino que nunca le gustó lo que cocina su tía y no sabe de qué platicar con su prima y su marido y toda su parentela. Además, no le simpatizan ni tantito sus sobrinos, sobre todo ese gordo insoportable —inteligente dicen todos— que siempre se las arregló para sentarse a su lado y hacerle preguntas que ni ella misma se hace.
—¿Por qué no tienes hijos? —le preguntó el niño la última vez que ella se apareció en la concurrida comida del domingo.
—Para que no tengan un primo tan feo como tú —le contestó sonriendo y acariciándole el cabello, al tiempo que le daba un trago a su ginebra.
Al poco rato llegó su prima Juana, con la cara roja e hinchada del coraje, a reclamarle por lo que había dicho a su hijo, quien observaba la escena desde lejos.
—¿Por qué le dijiste feo a Arturito?
—Porque nunca me ha gustado mentir y menos a los niños.
Juana le arrojó sobre la cara el contenido del vaso que llevaba en la mano. Ella tomó una servilleta de la mesa, se limpió con tranquilidad y aún con el paño mojado en la mano cerró el puño y lo estrelló contra la nariz de su prima. Se puso el saco y salió.
Arturito corrió tras ella y le hizo otra de sus acostumbradas preguntas:
—¿Por qué le diste ese golpe a mi mamá?
—Porque no eras tú al que tenía enfrente.
El niño se alejó de prisa y fue hasta donde el resto de la familia auxiliaba a su madre, quien lloraba a gritos y trataba de contener el río de sangre que fluía por su nariz rota.
Pudo haberle dicho también que conservaba la costumbre de pasar sola su cumpleaños, igual que la Navidad y el Año Nuevo —como cuando era niña— y que éste también quería pasarlo sin nadie al lado como siempre... o casi siempre.
La única vez que lo pasó con gente fue el anterior, porque coincidió con la muerte de su padre y no tuvo más remedio que asistir al funeral y soportar los pésames, que recibió con la misma indiferencia con que habría recibido las felicitaciones. Ese día le dieron más abrazos que nunca en su vida incluido el de su prima Juana, quien tuvo la ocasión de exhibir su reconstruida nariz —que le daba un aire pinochesco— así como una exagerada congoja por el muerto y un insospechado cariño por ella.
También pudo decirle que no es que le conmuevan las flores sino que le causan alergia y por eso llora cada vez que las recibe, evita estar cerca de ellas y es la razón por la que lloró tanto en el funeral de su padre y lloraba ahora frente a ese enorme ramo que le había llevado.
Pudo decirle que le importaba un carajo lo que estaba escuchando, no tenía la mínima intención de celebrar una chingada y no le causaba el menor entusiasmo que Arturito —ese monstruillo impertinente— quisiera que fuera su madrina de primera comunión justo en la fecha que ella cumplía años.
Pero no dijo nada.
Dejó que las lágrimas, producto de la alergia, siguieran fluyendo para que su tía Casilda —hermana de su padre, madre de Juana y abuela de Arturito— creyera que lloraba de emoción mientras le seguía explicando lo importante que era para todos que ella estuviera cerca de ellos. Sobre todo ahora que su padre había muerto "y sólo nos tienes a nosotros, tu familia".
Pudo haberle dicho que de eso ya había pasado casi un año y nadie después del funeral había mostrado ningún interés por ella, y lo único que se le ocurría pensar ahora es que la reciente lectura del testamento —hecha once meses después del deceso, de acuerdo con lo estipulado por su padre—, tal vez los había "sensibilizado" al respecto.
Pudo haberle repetido las acres palabras que ella, su tía Casilda, la que hoy venía a decirle "somos tu única familia" le dijo tantas veces cuando era niña haciéndola sentir tremendamente triste, desvalida y miserable, mientras esperaba en vano junto a la ventana a que su padre apareciera y se la llevara de ahí.
Pudo haberle dicho muchas cosas, pero lo único fue:
—El próximo domingo pasará el abogado a recoger las llaves de la casa. Asegúrense de no dejar nada personal porque ninguno de ustedes volverá a entrar. Todo está registrado en un inventario y si algo falta tendrán que pagarlo. No es que me importen las cosas, porque cambiaré por completo la decoración, pero quiero tirar yo misma objeto por objeto, y tal vez les prenda fuego a algunos. Por favor no se exalten ni se descompongan por lo que les digo, porque el hecho de que ustedes no estén presentes no significa que incumpliré la última la voluntad de mi padre —“quiero que en esa casa todos sean felices y convivan con gusto y alegría” —, por eso convertiré la propiedad en la mejor cantina de la ciudad.

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