domingo, 12 de diciembre de 2010

GRACIAS POR TU ESFUERZO



Publicado en "La tela de Penélope" de La mosca en la red (12/diciembre/2010)

Elena Santibáñez

No vale la pena explicar cómo ni por qué acepté presentar en un acto público el libro de un desconocido, un señor al que nunca había visto en mi vida pero —según me dijeron— era muy buena persona. Nuestro primer contacto fue telefónico y, en efecto, su voz sonaba afable como la de esos predicadores que igual te conducen a la paz interior o al suicidio colectivo.

Antes de platicar brevemente con él, quien me habló primero, más fuerte y más rápido fue su esposa, que con su aplomo de pareja de verdad sonaba como un ejemplo de ese concepto marital que alcanzó su máxima expresión el sexenio pasado: mujeres de ojos (y ambiciones) grandes que sustentan y controlan, incluso, binomíos presidenciales.

Ambos fueron amables, efusivos, educados y agradecidos. Ella puso un poco más de énfasis en dejar muy claros los linajes: “nosotros nos ganamos la vida en el comercio”, me dijo de corrido para agregar enseguida con melodiosa pausa: “pero somos gente dedicada al arte y la cultura”, y acto seguido puntualizó: “y nos han dicho que tú eres una gran escritora que ha ganado muchos premios”. En términos estrictos no era inexacto lo que ella decía, pues la grandeza de mi obra escrita podría medirse por kilo o por metro, si se apilarán todas las cuartillas producidas durante mi prolífica trayectoria de redactora mercenaria.

Asimismo, mis muchos premios pueden contarse desde los obtenidos en concursos de declamación y oratoria en la primaria, hasta los de escupitajos en la secundaria, pasando por las apuestas ganadas en el tenor de: “¿cuánto a que le rompo la madre a ese pendejo?”, porque hacer justicia por mi propia mano fue un deporte que practiqué con éxito durante mi adolescencia. Y claro, cómo olvidar el Premio de Periodismo que en 2006 gané en Madrid, cuyo importe en euros convertí allá mismo en toda clase de bebidas refrescantes, joyas culinarias y placeres innombrables.

En ese, nuestro primer acercamiento, casi parecía que nos estábamos entendiendo y hasta podíamos tener una bonita amistá. La realidad empezó a alcanzarnos cuando nos vimos en persona y la pareja artística me hizo entrega de un ejemplar del libro que yo debía leer y comentar.

(Aquí abro un paréntesis nostálgico patrocinado por la imprenta de mi difunto padre, donde estoy segura se forjó mi vocación de editora en medio de una producción de libros cuya estética oscilaba entre el naïf churrigueresco y el gacho pinchurriento, con ausencia total de concepto editorial y de algo parecido al diseño gráfico, cuyas portadas siempre me recordaron a los carteles que anunciaban los bailes de mi pueblo, los cuales se imprimían en las mismas máquinas que los libros. ¡Pa´mearlos y prenderles fuego! Sería una forma sintética para expresar lo que me inspiraba el verlos).

El deja vu fue tremendo cuando tuve en mis manos el libro que con tanto cariño me estaban entregando esas finísimas personas que —no lo sabían y seguramente aún lo ignoran— sin duda tienen una idea muy vanguardista (o chabacana) de lo que el arte significa. Nomás de verlo y darle una primera hojeada, en los estantes de mi memoria los libros salidos de la imprenta de mi papá se convirtieron en merecedores de un reconocimiento a la calidad editorial.

Pasado el sofocón pensé que, como en el caso de los libros antes descritos, lo valioso no era la apariencia sino el contenido y con esa convicción empecé a leer el que la pareja literaria me había obsequiado. El gozo se me fue al pozo muy pronto, yo avanzaba en mi lectura y retrocedía en mis expectativas. Hojas y hojas llenas de lugares comunes, estreotipos, personajes acartonados, situaciones inverosímiles, negro y blanco extremos destacados por una total ausencia de grises. Realicé la lectura durante un viaje corto fuera del DF y allá escribí el texto que leería en la ceremonia de presentación. Pensé y repensé, le di muchas vueltas al asunto buscando la mejor manera de no decir una frase semejante a la que ya escribí arriba refiriéndome a los poco agraciados volumenes que imprimía mi papá (los cuales, a diferencia del libro que acababa de leer, eran feos pero buenos en su contenido).

Me acordé de un viejo chiste de la primaria, donde Pepito va a tener examen de Historia y los temas son “Los romanos” y “Los fenicios”, pero él sólo sabe del segundo tema y por desgracia le toca el primero, y entonces dice: “Como ustedes saben, los romanos, a diferencia de los fenicios quienes… bla, bla, bla”, y entonces habla de lo que sabe. Y bueno, no es que yo me haya puesto a hablar de los fenicios, sino más bien, me enfoqué en un aspecto del libro, desde el que podía expresar algunas opiniones sin decir que era aburrido, predecible y carente del mínimo atractivo. Eché mano también de algunos recursos retórico-simpáticos que siempre han tenido buen efecto en mi “gran obra escrita”.

La cereza de este apelmazado pastel fue el hecho de que yo volví de mi viaje con un malestar de garganta, que nunca he descartado haya sido somático, el cual me impidió asistir a la presentación, por lo que mandé mi texto por mail, disculpándome y pidiendo atentamente que alguien lo leyera en mi ausencia. “Gracias por tu esfuerzo” fue la escueta respuesta que recibí por la misma vía, la cual me dejó claro que no les gustó lo que escribí, no les convenció mi nota biográfica donde no menciono ningún premio, título nobiliario o magna obra, y ni se imaginan que en efecto hice un gran esfuerzo para no escribir: ¡Está pa´mearlo y que le prendan fuego!

La moraleja de esta historia es muy simple: si un desconocido te invita a presentar su libro, dile NO a esa persona, aléjate, y cuéntaselo de inmediato a quien más confianza le tengas.

viernes, 10 de diciembre de 2010

EXPLICACIÓN



Publicado en la edición de diciembre 2010 de la revista Playboy

Elena Santibáñez

Pudo haberle dicho que nunca le gustaron los domingos... ni comer con la familia.



Aunque el problema de comer con la familia no era sólo que se reuniera en domingo, sino que nunca le gustó lo que cocina su tía y no sabe de qué platicar con su prima y su marido y toda su parentela. Además, no le simpatizan ni tantito sus sobrinos, sobre todo ese gordo insoportable —inteligente dicen todos— que siempre se las arregló para sentarse a su lado y hacerle preguntas que ni ella misma se hace.

—¿Por qué no tienes hijos? —le preguntó el niño la última vez que ella se apareció en la concurrida comida del domingo.



—Para que no tengan un primo tan feo como tú —le contestó sonriendo y acariciándole el cabello, al tiempo que le daba un trago a su ginebra.

Al poco rato llegó su prima Juana, con la cara roja e hinchada del coraje, a reclamarle por lo que había dicho a su hijo, quien observaba la escena desde lejos.

—¿Por qué le dijiste feo a Arturito?

—Porque nunca me ha gustado mentir y menos a los niños.

Juana le arrojó sobre la cara el contenido del vaso que llevaba en la mano. Ella tomó una servilleta de la mesa, se limpió con tranquilidad y aún con el paño mojado en la mano cerró el puño y lo estrelló contra la nariz de su prima. Se puso el saco y salió.

Arturito corrió tras ella y le hizo otra de sus acostumbradas preguntas:

—¿Por qué le diste ese golpe a mi mamá?

—Porque no eras tú al que tenía enfrente.

El niño se alejó de prisa y fue hasta donde el resto de la familia auxiliaba a su madre, quien lloraba a gritos y trataba de contener el río de sangre que fluía por su nariz rota.

Pudo haberle dicho también que conservaba la costumbre de pasar sola su cumpleaños, igual que la Navidad y el Año Nuevo —como cuando era niña— y que éste también quería pasarlo sin nadie al lado como siempre... o casi siempre.



La única vez que lo pasó con gente fue el anterior, porque coincidió con la muerte de su padre y no tuvo más remedio que asistir al funeral y soportar los pésames, que recibió con la misma indiferencia con que habría recibido las felicitaciones. Ese día le dieron más abrazos que nunca en su vida incluido el de su prima Juana, quien tuvo la ocasión de exhibir su reconstruida nariz —que le daba un aire pinochesco— así como una exagerada congoja por el muerto y un insospechado cariño por ella.

También pudo decirle que no es que le conmuevan las flores sino que le causan alergia y por eso llora cada vez que las recibe, evita estar cerca de ellas y es la razón por la que lloró tanto en el funeral de su padre y lloraba ahora frente a ese enorme ramo que le había llevado.

Pudo decirle que le importaba un carajo lo que estaba escuchando, no tenía la mínima intención de celebrar una chingada y no le causaba el menor entusiasmo que Arturito —ese monstruillo impertinente— quisiera que fuera su madrina de primera comunión justo en la fecha que ella cumplía años.

Pero no dijo nada. 



Dejó que las lágrimas, producto de la alergia, siguieran fluyendo para que su tía Casilda —hermana de su padre, madre de Juana y abuela de Arturito— creyera que lloraba de emoción mientras le seguía explicando lo importante que era para todos que ella estuviera cerca de ellos. Sobre todo ahora que su padre había muerto "y sólo nos tienes a nosotros, tu familia".



Pudo haberle dicho que de eso ya había pasado casi un año y nadie después del funeral había mostrado ningún interés por ella, y lo único que se le ocurría pensar ahora es que la reciente lectura del testamento —hecha once meses después del deceso, de acuerdo con lo estipulado por su padre—, tal vez los había "sensibilizado" al respecto.



Pudo haberle repetido las acres palabras que ella, su tía Casilda, la que hoy venía a decirle "somos tu única familia" le dijo tantas veces cuando era niña haciéndola sentir tremendamente triste, desvalida y miserable, mientras esperaba en vano junto a la ventana a que su padre apareciera y se la llevara de ahí.



Pudo haberle dicho muchas cosas, pero lo único fue:

—El próximo domingo pasará el abogado a recoger las llaves de la casa. Asegúrense de no dejar nada personal porque ninguno de ustedes volverá a entrar. Todo está registrado en un inventario y si algo falta tendrán que pagarlo. No es que me importen las cosas, porque cambiaré por completo la decoración, pero quiero tirar yo misma objeto por objeto, y tal vez les prenda fuego a algunos. Por favor no se exalten ni se descompongan por lo que les digo, porque el hecho de que ustedes no estén presentes no significa que incumpliré la última la voluntad de mi padre —“quiero que en esa casa todos sean felices y convivan con gusto y alegría” —, por eso convertiré la propiedad en la mejor cantina de la ciudad.