miércoles, 24 de diciembre de 2008

En defensa de la misantropía

Este texto fue publicado originalmente en la revista "La mosca en la pared" en marzo de 2007

“Me parece que sufre usted de una enfermedad psíquica
y es evidente un trastorno de la personalidad.
Le recomiendo ponerse en manos de un terapéuta psicológico
lo antes posible. Le deseo un buen año nuevo”.

Dr. Federico Arregui / Médica Sur


¿Transtorno de la personalidad? Con ganas de que sonara dominguero yo le habría llamado conducta anómica, pero en buen español se llama misantropía. La nota que sirve de epígrafe a este texto se la dejaron a mi compadre Blumpi en su blog nomás porque escribió (no sin ciertas fantasías genocidas) que ojalá nadie regresara al DF después de las vacaciones de fin de año.

—¿Recuerda la primera vez que tuvo una conducta anti-social? —podría ser una de las preguntas del doctor Arregui para tratar de llegar a lo más hondo del traumatismo emocional, en su intento por sanar la lacerada psique y vencer a nuestro espíritu misántropo que, año tras año se impone sobre el navideño.

—¿Recuerda la última vez que socializó con alguien que le caga la madre o al menos le importa un carajo? —sería una pregunta posible para responderle al susodicho médico y tratar de llegar al fondo de las enfermedades conductuales. Si esta cuestión fuera aplicada a la ciudadanía en una encuesta que respetara el anonimato, sin duda las respuestas serían como éstas: “claro que lo recuerdo fue hoy en la mañana con mi esposa(o); ayer con mi novia(o); en la fiesta de la oficina con mi jefe(a) y mis compañeros(as) de trabajo; en la boda de primo(a); con mi nuera en la cena de Navidad; en la graduación de mi vecino(a)” y así.

Yo, por mi parte, hace muchos años no celebro en mesas con manteles largos las navidades y los fines de año, reuniones que me sacan ronchas como las bodas, los bautizos, las graduaciones, los XV años, los días del padre o la madre y toda clase de vaina del estilo. No socializo con mis semejantes en los ritos colectivos oficiales, tampoco cuelgo foquitos, banderitas o corazoncitos para estar en comunión con la época del año y compartir la festividad con mis congéneres. Lo único que puedo alegar en mi defensa es que trato de no amargarle la fiesta a nadie.

El comentario viene a cuento porque, hace unos días, uno de mis vecinos o vecinas del edificio donde vivo (la casera prefirió no revelar su identidad para evitar un mayor entuerto) se quejó de que mis risas “a deshoras” no lo(a) dejaban dormir. En realidad las risas no sólo son mías sino de mi roommate y mi hija quienes, como yo, tienen la mala costumbre de ser felices de repente.

Cuando recibí la queja, de inmediato me arrepentí de no haber puesto en diciembre, en la puerta de mi depto, la figura del Santa Claus apuñalado que tan feliz me hace, porque pensé era una agresión hacia mis civilizados vecinos; acto seguido traté de imaginar quién se había quejado de “mis escandalosas risas”:

¿Los dueños del perro que ladra hasta cuando duerme, al que callan a gritos y hacen que uno prefiera los ladridos del perro que los del amo?

¿Los sudacas que cantan a todo pulmón (a güevo desafinado) “hasta siempre comandante” aleternándolo con José José y unos buenos churros de mota, cuyo olor no matiza el incienso hindú?

¿La vecina que fornica muy de vez en vez pero que, cuando lo hace, le pone tal enjundia, que la cabecera de la cama se estrella contra su pared como si fuera la mía?

¿Los madrugadores que lo primero que hacen al abrir el ojo, por ahí de las cinco de la mañana, es ponerse los bostonianos y caminar sobre la duela como si estuvieran representando El lago de los cisnes?

¿La pareja que se medio mata a mentadas de madre al menos cada fin de semana?

¿Los padres del niño que corre gritando o chillando por el interminable pasillo de nuestro bello condominio estructuralista?

Es lo de menos.

Yo jamás habría ido a llenar el formulario de quejas de la administración del dificio, para “denunciar” algo de lo arriba mencionado porque, en mi antisocial carácter cabe el respeto a la individualidad y modo de vida del otro. Odio la Navidad, odio la mayoría de las festividades y odio a mis vecinos por ser capaces de celebrar el día de la amistad o el nacimiento de Jesús y no aceptar que alguien pueda platicar o reír cuando “debería” de estar durmiendo.

Me pregunto si el Dr. Arregui consideraría “enfermedad psíquica” o “transtorno de la personalidad” el que una persona no tolere que alguien se ría en las madrugadas. Me pregunto también si a esa persona le resulta intolerable el horario de la risa o la risa en sí. Me pregunto por qué es socialmente bien visto y se considera políticamente correcto el que un gran número de personas lleven a cabo actividades de socialización que, en el fondo, no los hacen sentir felices ni satisfechos, y que unas viejas que se ríen a las tres de la mañana puedan ser lanzadas por ello del edificio donde viven.

Hay plumajes que cruzan el pantano decembrino y no se manchan… La próxima Navidad, viva donde viva, colgaré en la puerta la imagen de Santa Claus apuñalado y esperaré pacientemente a que me corran.

domingo, 23 de noviembre de 2008

NUNCA EN DOMINGO*

El domingo ya no me pone triste. Me levanto temprano y, en un acto más cercano a los buenos modales que a la fe —como quien dice "buenas tardes", "feliz cumpleaños", "usted disculpe" o "lo siento tanto era tan bueno"— doy gracias por el día luminoso que tengo por delante (y de inmediato me dispongo a hacer cualquier cosa con él). 



Me lavo, me visto y me perfumo; alacio mi cabello y toda idea o sensación protuberante, que pudieran impedir el embone del sombrero de la calma para lucirlo con dominguera elegancia. Antes de eso, me tomo un café con cafeína (sin azúcar ni felilananina) y me asomo a la ventana para observar cuánto han crecido y que bien lucen los condominios de enfrente. Entonces pienso que parece que fue ayer cuando al asomar a la calle, mi vista se perdía en el horizonte y hoy se detiene contra un plotter espectácular que invita a adquirir alguno de los últimos departamentos de 57 metros cuadrados. Me pregunto entonces si mi domingo apacible se comportaría de la misma forma si tuviera 40 metros menos. 



Tiendo mi cama para casi de inmediato destenderla porque el domingo me la paso tumbada junto al almohadón, que hace las veces de respaldo, mesa, codera y confidente (¿usted nunca ha comentado la película con su almohada favorita?). Y así, casi sin notarlo, el domingo en otro tiempo tan sufrido va pasando casi sin sentirlo. Pobre, él tan protagónico, tan lleno de celebraciones, encuentros y reuniones, conmigo no le queda de otra que aburrirse.



No me atrevo a asegurarlo, pero creo que este domingo con el que ahora ya no me peleo extraña nuestras viejas riñas, tan llenas de reproches y de llanto, de reclamos injustificados, de azotes innecesarios… de intensidad, como son las peleas entre dos que llevan juntos mucho tiempo… pero eso hace mucho no nos pasa. 



Mi domingo y yo ahora somos buenos compañeros. Una suerte de pareja que nunca se puso de acuerdo, pero un día amaneció lo bastante cansada como para seguir gritonéandose sin llegar a ningún lado. Ya no lucho con él y casi se puede decir que estamos bien estando juntos (después de todo, sólo viene una vez a la semana).



Gracias a mi nueva relación con el domingo, mi tristeza y yo también mejoramos relaciones (hasta la mejor tristeza cansa cuando se vuelve predecible, y verla todos los domingos ya me tenía un poco harta). Ahora nos topamos el día menos esperado, en el lugar menos previsto, a cualquier hora, en medio de cualquier suceso. Ahora, gracias a mi civilizada relación con el domingo, mi tristeza y yo estamos en uno de nuestros mejores momentos.



Nunca la espero ni la pienso demasiado, a veces casi la olvido y eso es lo mejor de nuestra nueva relación: aparece de repente, demandante, inoportuna, dueña de si misma y de mí misma… entonces me abraza, me toma y me lleva con ella donde podamos estar solas. Mi tristeza y yo estamos más cerca que nunca… pero nunca en domingo para no dejar de guardar las formas.

*Escrito hace un año, más o menos por estas fechas. Mi relación con el domingo sigue siendo cordial, aunque ahora ya disfrutamos el Sol, el aire y la vida que está más allá de nuestro almohadón. La tristeza prácticamente nos ha abandonado el resto de la semana lo cual, sinceramente, se agradece.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Leer sobre uno mismo

La primera vez que fui a Madrid encontré una librería de usado en la que compré varios libros, la mayoría de autores que no conocía, pero cuyos títulos me parecieron sugerentes. Uno de ellos fue El día que me vaya no se lo diré a nadie, de Kiko Amat. Tres años esperó paciente en distintos libreros,cajas y casas y sobrevivió a la venta que hice de mi biblioteca a finales de 2007. Por fin, la semana pasada lo leí, y mientras lo hacía recordaba a mi amigo Juan Joaquín Perez-Tejada, quien es partidario de valorar los libros no en función de si son "buenos" o "malos", sino de lo que le dicen a uno sobre sí mismo.

La novela de Amat, además de hacerme reír muchísimo me puso frente a una serie de situaciones que me resultaron familiares, evocativas y/o admirables, como la parte en que Octavia, asqueada de su trabajo y de la vida que lleva —asco que se ve estimulado por las gárgaras de clara de huevo que tuvo que hacer en la mañana aunadas a las galletas que desayunó— vomita al lado de una caseta telefónica justo cuando acaba de llamar a un Cliente Especialmente Importante (Octavia odia su trabajo que consiste en grabar las voces de los servidores automáticos que dan las opciones cuando uno marca a un servicio en línea. Ella odia escuchar su voz en todas partes, persiguiéndola).

Justo cuando acaba de vomitar una señora con un pequinés en brazos se acerca y le dice:

"—¡Qué asco! ¡No tenéis vergüenza! ¡Esto es horroroso! [...]
Octavia la mira empalideciendo. Hay un segundo de silencio. La garganta le quema [...]
—Horroroso es otra cosa. ¿Sabe usted que cuando un niño nace muerto, después de un parto de horas y horas, después de cesáreas y forceps y meses de embarazo, sabe usted que cuando nace muerto hay que registrarlo? Al haber nacido consta como ciudadano, así que al cabo de unos días hay que ir al Registro civil y darlo de alta como difunto. La madre, que acaba de perderlo, tiene que darle nombre y apellidos. Eso es horroroso, señora. Esto es sólo un vómito."

Me encantó la actitud de Octavia en ésta y otras partes de la narración, pero quien me regaló una reflexión profunda para mi misma fue Julián, un chico empleado de una librería, sin más pretensión en la vida que acumular discos y escucharlos, beber con sus amigos y refugiarse siempre que puede -y puede con frecuencia- en los mundos paralelos de su pensamiento.

"A las chicas como Olga, Julián las llama Estoylocas. Se ríen con ruido de bombardeo y le cuentan a todo el mundo lo mucho que se emborrachan y drogan y pasan y follan y bailan y se descontrolan y hacen cosas raras, tío, estoy loca, ¿sabes? Las Estoylocas son inofensivas, mienten continuamente, y generalmente son personas débiles y, sobre todo, muy normales. Julián les tiene aprecio"

Al leer aquello visualicé con claridad a esa clase de chica y asumí que, con ciertas variantes —sin drogas ni mentiras, básicamente—, yo podía ser una Estoyloca y la imagen no me gustó del todo, es decir, ya no me identifiqué por completo en el presente. Eso me hizo pensar "¿entonces qué soy ahora?". A instancias de Juan Joaquín escribí algo acerca del extremo opuesto: ser una Estoycuerda.

"Las Estoycuerdas por supuesto no están locas y tal vez nunca lo estuvieron. Combinan su ropa a la perfección y escriben todos sus mensajes con letras redondas y pulcras. Son bellas y lo saben y por eso no lo ostentan, simplemente caminan con su hermosura puesta que combina con la vida mejor que sus zapatos con su traje. Sonríen y no se peeguntan por qué ni se lo cuentan a nadie, simplemente se sienten felices. La felicidad para ellas es un estado de tranquilidad en movimiento, como un largo viaje en tren.

"Las Estoycuerdas puede que también hayan estado locas, y cuando lo estuvieron no sabían que eso no era lo que querían ser, hasta que lo vieron escrito en alguna parte. Probablemente en un espejo. Las Estoycuerdas también tienen insomnio, pero su motivo es otro. No duermen simplemente porque no tienen sueño y entonces toman un libro y lo leen. No miran el techo ni lloran ni se lanzan a la calle a buscar un bar abierto. Tan sólo abren su libro y se sumergen en sus páginas como si fuera un tibio mar nocturno.

"Las Estoycuerdas parecen aburridas pero no lo son… o tal vez sí, pero no les importa. Realizan sus rutinas con la apacibilidad de las abuelas cuando tejen y se mecen en sus sillas, y disfrutan todos los momentos del día que no están llenos de vértigo. Y cantan. Así como sonríen sin proponérselo, también entonan canciones a deshoras en el metro, cuando duermen, cuando leen el periódico y cuando se bañan.

"Las Estoycuerdas beben, follan y bailan, pero no para ocultar su debilidad y disimular su normalidad, sino porque les place hacerlo. Aman sin hacerse nudos, lo hacen con la naturalidad con la que sonríen y cantan y por eso las Estoycuerdas son felices."

Cuando escribí esto, como uno de los ejercicios que mi amigo Juan Joaquín suele pedir en sus talleres, dejé salir varios de mis profundos deseos. La mera verdad no sé si eso sea estar cuerda, tal vez el término sería Estoyviva, Estoyconmigo, Estoy.

Es curioso, pero el día que me fui tampoco se lo dije a nadie y fue hasta ahora, leyendo a Kiko Amat, que me di cuenta que yo ya estaba en otra parte.

jueves, 20 de noviembre de 2008

¿Qué pasará? ¿Qué misterio habrá? MI GRAN NOCHE EN TIJUANA

Para Iván Velázquez

La primera vez que me acerqué a Tijuana fue por la pantalla de mi laptop. Recuerdo en particular la gigantesca Mona, bizarra escultura de casi 20 metros de altura —mezcla de Diana Cazadora, estatua de la libertad y desnudista—, que hasta la fecha se yergue majestuosa en la colonia Aeropuerto y es la casa habitación de su autor.

También recuerdo el inmueble abandonado conocido como “El manicomio”, donde un clan de heroinómanos había hecho su refugio; el museo-móvil de “El Buscón”, un indigente cincuentón que convirtió un viejo y oxidado camper en hogar para él y la infinidad de objetos que obtenía buscando en la basura. Las “casas chuecas”, que quedaron así después de ser devastadas por una catástrofe natural, pero siguieron habitadas con una nueva postura, que convirtió las ventanas en puertas, el techo en pared, una escalera en barda, etcétera.

Nada fuera de lo normal si se toma en cuenta que, como escribe la investigadora Norma V. Iglesias Prieto, “más de la mitad de la ciudad nació sin haber sido previamente urbanizada, 30 por ciento de la población habita en zonas de riesgo y alrededor del 50 por ciento de las viviendas no fueron edificadas por un profesional de la construcción sino por quienes las habitan. Los escalones y cimientos se construyen con llantas viejas, una puerta o el cofre de un automóvil puede servir de cerco, un letrero del freeway puede ser un techo, una vieja lona publicitaria cubre las goteras en tiempos de lluvia o hace sombra en el patio durante el verano. Arquitectura de emergencia que requiere de improvisación, creatividad y necesidad para levantarse”.

Esto lo conocí hace ocho años a través de las fotografías y cartas que por correo electrónico me enviaba mi amiga Laura —avecindada hace 13 años en el condado de San Diego, California—, las cuales yo apreciaba como quien recibe postales de otro planeta. Desde entonces sucumbí ante el hechizo de una ciudad que tiene el irresistible encanto de los seres monstruosos, y cuyas luces me hicieron guiños durante los cinco meses que viví a principios de este año en Chulavista, California. Finalmente, una noche por fin pude abrazarla de cerca dejándome encandilar por su intensidad nocturna.

Decía el camarada Karl Marx que “la Revolución es la partera de la historia”, pero en Tijuana “la Revolución” es la principal avenida turística —cuyo radio de acción abarca las calles aledañas—, en la que coexisten tiendas de artesanías, taquerías, bares y antros, consultorios y farmacias —con vistosos letreros que indican que se habla inglés—, dónde todos podemos hacer historia al acceder a los universos paralelos de su fever-night. Tijuana es la ciudad con más bares, antros y cantinas en México; la que tiene más farmacias en el mundo (más de 1500, que venden toda clase de medicamentos sin la intermediación de una receta) y la única en la que uno puede ser inmortalizado en una foto montando un burro pintado de cebra.

Mi noche histórica empezó en el Zacaz, apócope de Zacazonapan, sitio al que se accede por una angosta escalera que desemboca a una especie de sótano poco iluminado y mal ventilado, cuya neblina formada por humos diversos le da un aire de cuento rulfiano hecho película por Luis Buñuel. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi el letrero que indicaba la salida de emergencia, cuya flecha señalaba la misma escalera por la que habíamos entrado. Me sentí segura… segura de que en caso de un desatre de ahí no podría salir nadie a menos que las brigadas de rescate encontraran su cuerpo entre los escombros.

Pero esa noche no quería tener pensamientos fatales y decidí disfrutar mi cerveza y mejor inspeccionar la rockola, que aceptaba desde pesetas hasta billetes de 20 dólares. “Caray —pensé—, qué internacionales son estos tíos, pero joder… que no se enteran que los euros hace tiempo desbancaron a las pesetas”, pero la desinformada era yo, porque “peseta” es el nombre que se da a las monedas de 25 centavos estadounidenses —quarter—, ya que en toda la ciudad se usan indistintamente dólares y pesos. En el Zacaz, por ejemplo por 50 pesos o cinco dólares puede adquirirse un atractivo paquetediviertas, que consiste en una caguama y un churro de mota, combo muy solicitado por la concurrencia, quien aprovecha la compra para consumir sus propios materiales. “¿Y si llega la Tira?”, pregunté, “puedes usar la salida de emergencia”, me dijeron.

El baño no me atreví a conocerlo. Sería por la nebulosa que cada vez abarcaba más el local, pero casi creo —como diría Rafael Tonatiuh— que las personas que vi entrar no regresaron. Tal vez la salida de emergencia consistía en arrojarse a un excusado y después jalar la palanca, o simplemente los baños eran umbrales de acceso a otras dimensiones. No sé por qué pero estando ahí, mi mente era proclive a tener razonamientos de este tipo.

Pero como esa noche no quería tener pensamientos fatales dejé de mirar en esa dirección, me acerqué al ventilador de aspas gigante que estaba al centro del local, el cual hacía girar el enrarecido aire y, a la vez, generaba en los presentes una ilusoria sensación de frescura. Ahí, junto al ventilador conocí y platiqué largo rato con un personaje con la facha que tendría Memín Pingüin a los 40 años, quien me contó con lujo de detalle y en perfecto spanglish, cómo llegó de Acapulco a los 12 años y desde entonces se quedó en Tijuana.

La plática de Memín era tan divertida, que resistí mis ganas de mear hasta que mi vejiga estaba a punto de estallar. Entonces, mi amigo-guía y yo salimos de ahí y fuimos directo a La Ballena, una “tacita de té” comparado con el Zacas: aire respirable, lugar para sentarse, una interesante colección de fotografías en blanco y negro colgada de sus muros y un baño con aspecto de baño. Encima de una foto en la que Lilia Prado mostraba generosamente los senos, antes de ser arrastrada hacia la salida por mi guía espíritual y turístico después de arrojar con placidez los litros de cerveza acumulada, todavía alcancé a leer el letrero que decía: “Si usted no está consumiendo en este bar debe pagar cinco pesos por usar los baños”. Me quedó claro que nos acabábamos de ahorrar un dólar.

El Patio Tijuanense fue nuestro siguiente punto. A penas llegamos nos abordó un sujeto a punto del coma etílico quien, de entrada, dijo ser cineasta y acto seguido nos invito a hacer con él un corto. Un tipo interesante, pero cuyo nivel de alcohol en el torrente sanguíneo le impedía conversar de manera coherente y le impelía a sostener un monólogo iluminador acerca del mensaje pacifista de Jim Morrison. Nos divertimos mucho mientras bebíamos, porque mi amigo y yo decidimos jugar al cortometraje y ante cada choro de nuestro circunstancial compañero de farra se nos ocurría una gran cantidad de estupideces con las que íbamos armando una historia absurda que, al final, le dijimos podríamos titular ¡Baila, puto!, enviar al Festival de Cannes e inaugurar así el Premio No Mames.

Fue un chiste que a nuestro director cinematográfico casi le saca una hernia de la risa. No podía parar de carcajearse mientras su rostro se desencajaba y en uno de los costados se le formaba una bola que nos hizo tocarle. Yo intuí que ya estábamos filmando una peli muy mala y a ese cabrón se le iba a salir el Alien en cualquier momento. Tuvimos que abandonarlo antes de que muriera ante nuestros ojos, víctima de convulsiones arrojando umpalumpas por la boca. Estamos seguros de que, en todo caso, murió feliz y ahora está planeando cortos con el Rey Lagarto.

De ahí huímos a La Estrella, un enorme jacalón que evoca bailongos de pueblo. Con sus arcos y murales que le dan un aire de plaza en domingo, y su entarimado enorme al centro, donde se baila muy junto el reaggeton, la música de banda, lo vernáculo y hasta el punchis-punchis, porque el chiste es repegarse, agarrarse de algo. Tal vez por eso son tan cotizadas las ficheras de pechos protuberantes, llantas de doble tracción contenidas en sus blusitas de licra, celulitis que vence el spandex de los mallones y arrugas que sonríen a través de las capas de angelfeis.

Mujeres de cuerpos enormes y edad indefinible, que acogen en sus brazos y acercan a su seno a todos esos hombres que, pareciera, se sienten perdidos. Porque ahí toda la paisanada da la impresión de andar “norteada”, como buscando una calle que no sabe cómo se llama, como acabando de llegar, como a punto de irse. La Estrella refleja el espíritu de una ciudad en la que uno de cada tres habitantes llegó ahí con la intención de cruzar la frontera con estados Unidos, y que todos los días sigue recibiendo nuevos futuros habitantes y viajeros de paso.

Eran casi las cinco de la mañana cuando llegamos a El Dandy del Sur, un barecito con manteles llenos de agujeros, paredes tapizadas por malas fotos de las celebridades que han pasado por ahí y un ambiente cálido que invita a quedarse (sobre todo si afuera hace un frío del carajo). Tomamos algunas cervezas más, y, más tarde, en otro rumbo de la ciudad, el día nos sorprendió en un taller de diseño industrial, que esa noche-madrugada-mañana estaba habilitado como salón de fiesta y daba cabida al cumpleaños del Chucuchú, DJ mezclador de cumbias y ritmos guapachosos, quien acompañaba su actividad musical con una fina selección de las más anti estéticas escenas —y por ello fascinantes— de películas de ficheras y luchadores. Ahí, con la última chela de la fiesta en la mano, sentada desde una butaca rescatada de una vieja sala de cine, pude conocer la impresionante colección de arte tijuanense, que el dueño del taller habilitado como recinto pa’l guateque, tenía exhibida en su pequeña oficina.

Desde esa vez, cada noche que me asomaba por la ventana del ático donde vivía en Chulavista, sonreía para mi misma y me dejaba conquistar de nuevo por las luces de la abominable Tijuana —la ciudad que me sigue guiñando el ojo incluso desde el DF—, a la que uno puede acercarse de diferentes formas para sentir su aliento trashumante, su esencia perversa y transgresora, su arrítmica hipertensión cosmopolita. Yo elegí el hechizo de su insomnio, cuya evocación siempre me incita —cual reincidente Blanca Nieves toxicómana— a morder de nuevo su nocturna manzana envenenada.

Publicado en Milenio Semanal No. 569 / 8 de septiembre de 2008